![]() |
| Bordado de Ana Teresa Barbosa |
¿Quién, alguna vez, ante un examen, no ha estudiado sólo lo justo para aprobar?
Lo haces así porque no le das importancia a esa materia y sólo pretendes no bajar la nota media, porque deseas dar más tiempo a otra asignatura que te gusta más o porque hoy hace sol y quieres soltar el libro para salir de casa pronto. A las dos horas de terminar el examen no te acuerdas para nada de lo que habías leído.
Cuando eres adolescente te parece una pequeña transgresión que casi te hace sentir bien. Le has hecho una pirula a lo establecido y crees que has salido airosa porque, total, sólo existe el hoy. El próximo trimestre está muy lejos y si para entonces no tienes buena base y te quedas colgada... ¿Quién piensa en eso a los 16?
Este es uno de los primeros engaños que nos auto-infligimos cuando empezamos a decidir por nuestra cuenta; de ahí, para abajo, en el peor de los casos.
Someterse a una psicoterapia tiene similitudes con ir a hacer un examen. Vas porque quieres, sí, pero vas a someterte y por eso intentas cumplir y, a la vez, escabullirte. Te quieres escabullir porque, si lo haces bien, es duro, es un esfuerzo, has de rendir cuentas a otra persona aunque sea voluntariamente y, sobre todo, quedas al descubierto ante ti misma. Y eso pica. Así que, algunas personas, pasamos por diversas terapias a lo largo de la vida y no rematamos nunca la faena. De cada experiencia nos queda una enseñanza y eso nos da un cierto barniz de cultureta psicológica y un pequeño vocabulario. Ya está. Al final sabemos lo que nos pasa, un poco por ciencia infusa, pero no sabemos qué hacer con esa información.
Hasta que un día decidimos coger el toro por los cuernos y entrar a matar (y van tres referencias taurinas en un mismo párrafo; demasiadas para alguien a quien le gustan los toros, pero no los toreros).
Empiezas una nueva terapia y te prometes a ti misma que esta vez sí que sí: vas a sacarle tantas capas a la cebolla de tus conflictos que va a pasar frío y todo. Desnudita se va a quedar tu alma. Pero ¡No sólo eso! Va a ser rápido e indoloro, como una buena depilación, porque tú ya llevas mucha mili hecha y la veteranía es un grado. Después pasa lo que pasa.
Tras un par de semanas, en que todo va como una seda y tú vives en la fantasía de estar llevando las riendas de tu vida, viene un socavón y vuelven la ansiedad, la baja autoestima y la sensación de fracaso. Tu terapeuta te explica que forma parte del proceso y tu pareja te dice que "eres la única que creía que ésta sería una terapia corta, mujé..." Agachas las orejas y te envías tú misma al rincón de pensar. A eso, a pensar.
No hay atajos, esa es la conclusión.Si quieres aprender no hay atajos, sea que estudies Bachillerato o que estés aprendiendo a vivir.
Si no pierdes el miedo a caer no consigues montar en bici; si te escudas en la intelectualización de tu dolor no rompes la coraza; si te entretienes intentando cambiar solamente lo más externo de tus problemas -los síntomas- no llegas nunca al fondo. Y es que tocar fondo da mucho miedo.
También da miedo pensar en aceptarte tal y como eres en este mismo momento. Esa mezcla paradójica de narcisismo y autodesprecio es absurda, pero has vivido así toda la vida, botando como una pelota de ping-pong entre el virtuosismo frugal que te hace sentir bien y el exceso que te hace sentir mal.
Luego están los daños colaterales que no son colaterales y te rompen el alma. Y es que, si no te quieres a ti misma ¿Puedes creer que alguien te quiera? ¿Puedes aceptar su amor? Si no te respetas a ti misma ¿Puedes respetar a las demás personas? ¿Eres capaz de poner límites para que no te falten al respeto otros?
Esto no puede seguir así, ya está bien de jugar al escondite contigo misma, por tu propio bien y para que no nos pille (el torero) el próximo curso.
