miércoles, 23 de agosto de 2017

Rompecabezas

Hannah Höch

El puzzle era inmenso. Pieza a pieza iba encontrándole un sentido a ciertas partes y después unía esos retazos con otros para intentar verle el sentido al conjunto.
Cuando casi no le quedaban piezas vio que algo no funcionaba. El hueco que estaba por terminar era más grande que el conjunto de las piezas que tenía. No le cuadraba. Definitivamente, ahí faltaba algo. Había un vacío en el cuadro final. Decidió que así no iba a quedar, así que, de la caja misma del juego, recortó un pedazo y buscó colores. Se fijó en lo que había alrededor del hueco y pintó lo más parecido posible. luego recortó un poquito del cartón que había pintado y probó. No, no encajaba aún. Recortó un poquito más y luego otro poco. Al final embutió la pieza que había conformado en el resto del puzzle y así lo dejó un tiempo, en una mesa, montado y un poco olvidado. De vez en cuando lo miraba con un poco de fastidio.
Siempre dice que limpiar y poner orden trae premio.  Eso le pasó un tiempo después. Decidió remover toda la habitación, apartando los muebles de las paredes y levantando las alfombras y en eso estaba cuando un trocito de cartón, de color azul, salió de una rendija insospechada. Era la pieza perdida.
Esta vez se propuso algo diferente. No iba a colocar la pieza en un modelo ya acabado, no. Aunque fuera más difícil, esa iba a ser el primer trocito que iba a colocar y, alrededor, encajaría las demás. Sería más difícil, pero también un reto divertido. Además, si se equivocaba, siempre podía deshacer y volver a intentarlo. ¿Quién le iba a regañar? Porque ¿Quién tiene derecho a diseñar la vida de otra persona? Esa pieza perdida era ella misma en el rompecabezas de su vida y lo que no iba a hacer de nuevo era intentar acomodarse, cortando por aquí y por allá, pintándose de los colores que el medio demandaba, ni más ni menos que para encajar.


viernes, 4 de agosto de 2017

Letanía inútil

Ilustración:  Uri (blog 1967)
Siento que me hieres. Por mi ego.
Te lo cuento. Reaccionas a la de/o/fensiva. Por tu ego.
Digo algo que sé que te duele. Por mi ego.
Me gritas. Por tu ego.
Te grito. Por mi ego.
Intento explicar qué me ofende a gritos. Por mi ego.
Me gritas que sólo quiero discutir por gusto. Por tu ego.
Te acuso de no ser la primera persona en tu vida. Por mi ego.
Me dices que me lo merezco. Por tu ego.
Me acuerdo de toda tu parentela. Por mi ego.
Me nombras a toda mi parentela. Por tu ego.
Me defiendo ofendiendo. Por mi ego.
Te vas y me dices que ni te llame. Por tu ego.
Me dan ganas de mandarlo todo a la mierda, yo por delante. Por mi ego.
Vuelves pero no hablas como castigo. Por tu ego.
Quiero hablar y aclarar mi postura. Por mi ego...
Por mi ego, por tu ego, por nuestro grandísimo ego.
Por eso ruego a Don Gil de las calzas verdes, a Perico el de los Palotes y a Rita la Cantaora que intercedan por mí, ante quien corresponda, para que llegue yo a entender que más vale comerse cada cuál su propia mierda y que no soy tan importante como para ir doliéndome tanto.


De lo que tú hagas con tu ego no soy yo quién para opinar.
Para este viaje no hacían falta alforjas y me doy cuenta ahora.
¡A buenas horas, mangas verdes!