domingo, 29 de marzo de 2020

Inocente






Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis.
Mateo 25:40

Era una niña. Una niña de unos cinco o seis años, a lo sumo.
Una niña con su perro, un cachorro todavía. Cuando el perro creció, desapareció. Le dijeron que se había escapado. Ella se lo creyó. El perro volvió y después le dijeron que se había vuelto a escapar. Ella se lo creyó de nuevo.

Le gustaba sentarse en un columpio del parque y mirar alrededor, observando a los demás. Le gustaba inventarse historias sobre la casa que veía frente a su ventana. Era una pared de piedra que a ella le parecía muy alta, porque la casa quedaba muy arriba, y se percibía que habría varios tramos de escaleras hasta acceder a la vivienda. Colgaban hacía afuera las ramas de un falso pimentero -o aguaribay- cuyo olor impregnó su memoria, hasta hoy. Para la niña aquello era un castillo y sus habitantes un misterio. Todo cambia, pero el árbol, que entonces ya era muy grande, sigue allí, aunque han pasado más de 50 años.

Era capaz de abstraerse de todo, fijarse en un punto y dejar su mente en blanco. Meditaba antes de saber lo que era la meditación.

Le gustaban los libros y los tenía muy bonitos porque la señora donde su madre iba a limpiar se los regalaba.

Para ella, entonces, todo el mundo era bueno porque ella era buena. Nunca se rió de nadie y siempre se daba cuenta de si alguien estaba triste. No tenía muchos amigos, le gustaba más estar con personas mayores. Jugaba, eso sí, con su hermano, dos años menor que ella.  Luego vino la vida.

Esa niña no le había hecho daño a nadie.
Por eso, porque era una niña, nadie tiene derecho ahora a tratarla mal o a ignorarla deliberadamente. Ella no tiene la culpa de lo que vivió la adolescente o la mujer en la que se convirtió. No tiene la culpa de ninguna equivocación del futuro. No tiene la culpa de nada.

Cualquiera que le haga daño, cualquiera que la ningunee, estará haciéndole daño a ella, no a la mujer que sería después. A un niño se le protege siempre.
Yo no voy a dejar que nadie le haga daño a mi niña ni la malquiera. Hay algo feo en quien no hace aprecio de una criatura que fue. Un niño siempre es un niño.

Esa niña vive en mí y yo la protejo.





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