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| Foto de Kati Horna (1912-2000) |
Se ha muerto una niña.
Nació en guerra y pasó hambre y frío. Por eso le gustaba guardar cosas y monedas por todos los rincones. Por si acaso.
Le gustaba jugar a las casitas pero no tenía platitos ni ollas de juguete, ni mantelitos tampoco, así que, en cuanto pudo, se hizo de muchos platos, muchos vasos y muchas tazas. Muchos trozos de tela de colores también, así hacíamos de ver, como todos los niños dicen mientras juegan, que tenía un ajuar digno de una reina de su casa.
Le gustaba soñar con que era una belleza del cine y por eso se ponía piedras en la suela de sus alpargatas para parecer que era una chica con zapatos de tacón. En los pocos ratos en que coincidió su niñez con la mía, mientras me pintaba castillos y princesas, me explicaba eso de las piedras, pero nunca entendí muy bien cómo lo hacía.
Le gustaba hacerse vestidos como los de esa princesa del castillo, con los que daba vueltas sobre sí misma en las verbenas y las bodas, jugando a ser la Cenicienta en el baile. También se cosía florecitas en la ropa y se ponía mariposas en el pelo.
Le gustaban las muñecas pero no tuvo más que una, de cartón, que los Reyes Magos le dejaron en casa de su madre. Quienes la quisieron le regalaron más muñecos, ya después. Dormía con los dos que más le gustaban y con ellos en su pecho se fue para jugar por siempre jamás.
Debió pasar mucho miedo y también vergüenza, por eso era llorona -"boca rana" la llamaba su madre- y peleona también. No creo que nunca fuese plenamente consciente de lo que sentía ella misma de verdad y, menos aún, lo que sentían o necesitaban los demás a su alrededor pero, así y todo, algo especial tendría, cuando muchas personas hubiesen querido ser amadas por ella.
Con siete años fue a trabajar por primera vez, de criadita, para una familia de los ricos del pueblo. Tenía que subirse a un taburete para llegar al fregadero y no le daban bien de comer. Le dijo a la señora que "para pasar hambre, se volvía a casa". La mujer le contestó que "se fuera a casa de su madre, a que le diera pollo". "Pues aquí tampoco lo he comido" le espetó la niña. Me la imagino bajándose del taburete y yéndose bien digna. Fue muy trabajadora siempre.
Tenía 85 y era mi madre. La última noche juntas la pasé mirando a esa niña, pequeñita de nuevo. Sin corazas ya ni recelos, sin malicia ni dolor, con sus muñequitos entre sus brazos. Niña bonita para siempre ya. Querida niña mamá.
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