domingo, 14 de mayo de 2017

Medita-bunda pero no vaga-bunda

Poster de Jonathan Burton
Meditabunda me pongo a meditar desde hace unos días, consciente de mis resistencias y excusas. De tal manera que he empezado a escribir varias veces esta entrada y no he sido capaz de seguir, aunque yo escribo siempre del tirón y sólo corrijo la sintaxis a veces.

Una vez superado el reparo a sentarme en un entorno que me distraía y no me gustaba, y sabiendo que eso no es más que una coartada y está basado en el juicio, paso un tiempo cada mañana y cada noche buscando hilar momentos de atención plena. No me es nada fácil, porque la mayoría de las veces, en estos días, me descubro a mí misma rumiando.

Me pregunto si la forma de ser de la mayoría de nosotros, occidentales, al acercarnos a la meditación, no adolece de todos nuestros tics:  Buscamos aprehender rápido, nos ponemos metas, juzgamos lo conseguido y lo no conseguido... Cosificamos la experiencia y la pervertimos al intentar cuadricularla en base a unos baremos.

Mi resistencia al cambio, mis miedos, mi falta de autoestima, son algunas de las cosas que tengo y me tienen. He convivido con ellas más de medio siglo aunque no fuesen buenas compañeras. Me quiero y porque me quiero, no puedo arrancarlas de mí tan rápido como quien se arranca un esparadrapo. No me voy a dejar la piel en esto para considerarme más valiente. Eso sería una etiqueta más y bastante me cuesta no juzgar. Tampoco pretendo estar dentro de las estadísticas, según las cuales yo, seguramente, estoy yendo muy despacio.

Así, sin tirar la toalla, porque lo aprendido forma parte ya de mí, sigo sin pausa pero sin prisa. Celebro lo conseguido, lo que he incorporado a mi manera de hacer ciertas cosas. Por primera vez en mi vida, desde la preadolescencia, mi estado de ánimo no condiciona mi forma de comer y eso me hace muy feliz. Como conscientemente, sin que la comida sea un premio, ni un castigo, ni un consuelo. Me gusta esa sensación, que me hace sentir liberada.

Desde el respeto a mí misma me propongo seguir asomándome a este mirador que me fascina y me da miedo a la vez.  Mi fascinación es mía y mi miedo también.

Estoy agradecida a la vida por ponerme piedrecitas por el camino para no perderme, en forma de conversaciones llenas de sentido y de lecturas, unas buscadas y otras encontradas sin buscar. A lo mejor es verdad que el Universo se confabula con nosotros. O quizá es como cuando esperas un bebé y no haces más que ver embarazadas. No lo sé. Lo acepto como un regalo.

Haber salido de las tierras de Anhedonia, emprender camino y ser capaz de contarlo aquí ya es un regalo inmenso.

martes, 9 de mayo de 2017

¿Y qué pasa?

Monolithic Fragility
 (Buildings we construct when we present ourselves to others)
Sergio Albiac


Y...¿Qué pasa si no cumplo las expectativas de los demás?

¿Qué pasa si les parece que soy poco ambiciosa? ¿Si tengo pocas aspiraciones? ¿Qué pasa si hago trabajos socialmente poco o nada considerados?  ¿Qué pasa si quiero vivir en el umbral del sistema? ¿Soy yo lo que hago?

¿Qué pasa si piensan que me quiero poco pero no les gusta que diga "no"?

Pues pasa que respeto mis tiempos.
Si estoy replanteándome las bases sobre las quiero que se mantenga mi vida no quiero salir corriendo detrás de cada supuesta oportunidad que se me presenta. Aunque me equivoque.

Lo único inexcusable es la propia existencia.


sábado, 6 de mayo de 2017

Dos niñas y un solo propósito

El Rabal de Barcelona, 1958.  Joan Colom
Si a la niña que más quiero en este mundo la achucharan para que aprendiese a leer -ella que aún no está escolarizada- sólo porque otras niñas de su edad ya lo hacen, yo la apartaría de quienes la empujasen a ello, porque cada personita tiene sus tiempos. Ella es feliz contándose a sí misma los cuentos fijándose en las ilustraciones.
Es consciente de todo aquello que no sabe hacer bien y a veces se retrae por un momento, se vuelve tímida, pero se repone enseguida y utiliza sus habilidades actuales para seguir expresándose.

Es una valiente que, aunque tenga miedo, se enfrenta cada día a la oscuridad de la noche, a los árboles que le parecen muy altos, al bosque donde ella cree que hay lobos. Dice:  "Está muy oscuro, pero no pasa nada" y "en este bosque hay lobos y me dan miedo, pero me gustan".

Cuando alguien, un mayor, le grita, regaña o le levanta la mano por algo que no depende de ella ni es su responsabilidad busca a su madre y, con sentimiento, se lo cuenta. Es decir, que busca ayuda. No dice que la otra persona es mala, sólo que su madre vaya a hablar con esa persona. Su madre es asertiva y educada, ambas cosas, de manera que todo se arregla y ella, la nena, sigue jugando tranquila. No guarda rencor.

Cuando sale, siempre le pide a su madre que ayude a alguna persona que pide en la calle. Un día dijo:  "Este señor está triste" y hubo que ir a comprar un pastelito para el señor, porque a sus cuatro años eso es lo que a ella le parece una fiesta . Tendrá que aprender que en este mundo hay injusticias y que ella debe hacer su parte para que esto no sea así. Pero su cabecita ve ahora lo que ve y actúa según su entendimiento.

La niña a la que yo más quiero es creativa, curiosa, consciente de sus limitaciones, valerosa y sabe pedir ayuda. No guarda rencor y sigue intentando hacer aquello que aún no domina. Es empática y quiere remediar lo que para ella no está bien.

Yo siento un amor entrañable por ella. No dejaría que pasara hambre ni frío. Quisiera que no tuviera motivos para llorar nunca, más allá de un pequeño berrinche. Siempre la animaré a ver cuánto ha conseguido ya. La protegeré del desánimo, procuraré que preste atención a lo bello, lo bueno, lo generoso de esta vida. Que se fije en las personas amables antes que en las desagradables. No le inculcaré que debe ser desconfiada ante cualquiera por principio. Quisiera que viera la bondad sin perder de vista que siempre habrá situaciones que suponen un peligro o un dolor. Quisiera que viviese una vida larga, plena, que haga lo que le gusta y sea responsable al mismo tiempo. Que sea feliz el máximo de momentos posibles.

Y también quiero eso para mí. Aquí y ahora, me quedo con  todo ese amor que he sentido al escribir, con esa sensación física de arrobo que tengo en el pecho. Porque en mí también está mi niña, la que fui,  que quiere creer en la bondad y en que es capaz de hacer muchas cosas y se asusta ante lo nuevo y tiene una imaginación sin medida y a la que le gusta jugar haciendo cosas con sus manos y a quien le gustan los cuentos y las leyendas y se queda quieta, llena de ensoñación, después de leer algo que la ha impresionado. La que pinta bonitos dibujos y escribe historias y se alegra cuando le ponen buenas notas en el cole. La que se mira en el espejo y se cuenta las pecas y se peina la melena larga, fuerte y ondulada y se encuentra guapa, mientras ata su pelo haciéndose una cola.  Esa niña que debiera haber sido protegida del cinismo y la amargura, de la desconfianza y el desprecio. Y de la falta de amor.
Pero aquí estoy yo, la adulta, para protegerla. Para no permitir que nadie, ni yo misma, le haga daño.
Yo me quiero a mí.



viernes, 5 de mayo de 2017

De amores y palabras difíciles




Corazón roto (Fingerpainting).  Jaime Sanjuan
Aprender a quererse a una misma no es como enamorarse de otra persona. El enamoramiento es un estado transitorio en el que obviamos nuestro sentido común y nos dejamos llevar por la inconsciencia. Quererse a una misma, en la vida adulta y sin mucha experiencia, es como irse quitando espinitas de inseguridad y falta de autoestima clavadas desde hace mucho tiempo. Algunas se han encarnado, son un cuerpo extraño que a simple vista no se ve y hay que abrir para que salgan fuera. Y eso duele.

No es fácil porque, además, no se sabe bien cómo definir ese acto de amor. No es lo mismo el amor propio -relacionado con la dignidad, el pundonor o el orgullo- que el auto-amor. En realidad, esto del auto-amor sólo lo he visto escrito en textos de índole  espiritual/ista mezclado con una pizca de psicología y una pulgada de religiones orientales y me parece un término forzado por la necesidad de definir nuevos conceptos y matices.

Una palabra muy utilizada en Mindfulness es autocompasión.  Para entender lo que es la autocompasión buscaré primero el significado de compasión. La compasión es padecer con alguien, es decir, ir más allá de la simpatía, llegar a la identificación con el sentimiento de otro. Pero tiene un sentido de acompañamiento en el dolor. No contempla el sentimiento de alegría por el bien del otro. Por otro lado, es una palabra lastrada por el uso que de ella ha hecho el catolicismo, que la relaciona con la misericordia o la caridad.
La caridad es, según su etimología, benevolencia y solidaridad acompañadas de cariño. Pero las palabras se corrompen con el mal uso y la ideología de quien las utiliza. Para muchas personas, hoy en día, tiene un sentido clasista que se resume en la campaña que el régimen franquista lanzó en los años cincuenta:  Siente un pobre a su mesa por Navidad.
La autocompasión, además, tiene un matiz viscoso y repelente que nos hace pensar en el victimismo autoexculpatorio y que, a mí personalmente, me resulta antipático. Creo que me lo tendré que hacer mirar. Si tanto me repele, quizá mi sombra es muy alargada.

Como la palabra autocompasión no llega a cumplir todas las expectativas, podríamos pensar que la autocomplacencia es mejor y más buena. Pero quien pasa de la sana autoestima a estar encantado de haberse conocido termina cayendo fácilmente en un narcisismo egoísta que hace daño a los que viven a su alrededor. Y quien no es bueno con los demás tampoco lo es,al final, para consigo mismo.


Al fin, pues, parece que quererse podría ser una mezcla de amor propio, autocompasión, autoestima y buenos deseos y acciones hacia una misma y todo ello se podría resumir en el término bondad. 
Yo tengo un problema con eso:  Quisiera ser siempre buena -que no es lo mismo que virtuosa- para con los demás y también para conmigo misma. Pero muchísimas veces no lo consigo porque estoy cansada, o nerviosa, o me siento infeliz, o porque no sé hacerlo mejor o porque tampoco soy una santa. Por lo que sea. Pero deseo tener esa bondad y a esa voluntad se le llama benevolencia. Con ella me quedo.

 Quiero ser buena conmigo misma. Deseo ser buena conmigo misma. Deseo para mí una vida tranquila. Deseo aprender a desechar el dolor innecesario y a sufrir lo mínimo posible con el dolor inevitable. Deseo alegrarme con las pequeñas cosas y no gafar las grandes cosas por miedo. Deseo saber amar bien en su sentido más amplio y saber recibir el amor sin ambages. Deseo encontrar consuelo y contento en mí misma, sin dependencias emocionales insanas.

Deseo lo mejor para mí misma, porque me quiero querer bien. Y voy a aprender a hacerlo. Despacito y buena letra.