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| Poster de Jonathan Burton |
Una vez superado el reparo a sentarme en un entorno que me distraía y no me gustaba, y sabiendo que eso no es más que una coartada y está basado en el juicio, paso un tiempo cada mañana y cada noche buscando hilar momentos de atención plena. No me es nada fácil, porque la mayoría de las veces, en estos días, me descubro a mí misma rumiando.
Me pregunto si la forma de ser de la mayoría de nosotros, occidentales, al acercarnos a la meditación, no adolece de todos nuestros tics: Buscamos aprehender rápido, nos ponemos metas, juzgamos lo conseguido y lo no conseguido... Cosificamos la experiencia y la pervertimos al intentar cuadricularla en base a unos baremos.
Mi resistencia al cambio, mis miedos, mi falta de autoestima, son algunas de las cosas que tengo y me tienen. He convivido con ellas más de medio siglo aunque no fuesen buenas compañeras. Me quiero y porque me quiero, no puedo arrancarlas de mí tan rápido como quien se arranca un esparadrapo. No me voy a dejar la piel en esto para considerarme más valiente. Eso sería una etiqueta más y bastante me cuesta no juzgar. Tampoco pretendo estar dentro de las estadísticas, según las cuales yo, seguramente, estoy yendo muy despacio.
Así, sin tirar la toalla, porque lo aprendido forma parte ya de mí, sigo sin pausa pero sin prisa. Celebro lo conseguido, lo que he incorporado a mi manera de hacer ciertas cosas. Por primera vez en mi vida, desde la preadolescencia, mi estado de ánimo no condiciona mi forma de comer y eso me hace muy feliz. Como conscientemente, sin que la comida sea un premio, ni un castigo, ni un consuelo. Me gusta esa sensación, que me hace sentir liberada.
Desde el respeto a mí misma me propongo seguir asomándome a este mirador que me fascina y me da miedo a la vez. Mi fascinación es mía y mi miedo también.
Estoy agradecida a la vida por ponerme piedrecitas por el camino para no perderme, en forma de conversaciones llenas de sentido y de lecturas, unas buscadas y otras encontradas sin buscar. A lo mejor es verdad que el Universo se confabula con nosotros. O quizá es como cuando esperas un bebé y no haces más que ver embarazadas. No lo sé. Lo acepto como un regalo.
Haber salido de las tierras de Anhedonia, emprender camino y ser capaz de contarlo aquí ya es un regalo inmenso.



