sábado, 6 de mayo de 2017

Dos niñas y un solo propósito

El Rabal de Barcelona, 1958.  Joan Colom
Si a la niña que más quiero en este mundo la achucharan para que aprendiese a leer -ella que aún no está escolarizada- sólo porque otras niñas de su edad ya lo hacen, yo la apartaría de quienes la empujasen a ello, porque cada personita tiene sus tiempos. Ella es feliz contándose a sí misma los cuentos fijándose en las ilustraciones.
Es consciente de todo aquello que no sabe hacer bien y a veces se retrae por un momento, se vuelve tímida, pero se repone enseguida y utiliza sus habilidades actuales para seguir expresándose.

Es una valiente que, aunque tenga miedo, se enfrenta cada día a la oscuridad de la noche, a los árboles que le parecen muy altos, al bosque donde ella cree que hay lobos. Dice:  "Está muy oscuro, pero no pasa nada" y "en este bosque hay lobos y me dan miedo, pero me gustan".

Cuando alguien, un mayor, le grita, regaña o le levanta la mano por algo que no depende de ella ni es su responsabilidad busca a su madre y, con sentimiento, se lo cuenta. Es decir, que busca ayuda. No dice que la otra persona es mala, sólo que su madre vaya a hablar con esa persona. Su madre es asertiva y educada, ambas cosas, de manera que todo se arregla y ella, la nena, sigue jugando tranquila. No guarda rencor.

Cuando sale, siempre le pide a su madre que ayude a alguna persona que pide en la calle. Un día dijo:  "Este señor está triste" y hubo que ir a comprar un pastelito para el señor, porque a sus cuatro años eso es lo que a ella le parece una fiesta . Tendrá que aprender que en este mundo hay injusticias y que ella debe hacer su parte para que esto no sea así. Pero su cabecita ve ahora lo que ve y actúa según su entendimiento.

La niña a la que yo más quiero es creativa, curiosa, consciente de sus limitaciones, valerosa y sabe pedir ayuda. No guarda rencor y sigue intentando hacer aquello que aún no domina. Es empática y quiere remediar lo que para ella no está bien.

Yo siento un amor entrañable por ella. No dejaría que pasara hambre ni frío. Quisiera que no tuviera motivos para llorar nunca, más allá de un pequeño berrinche. Siempre la animaré a ver cuánto ha conseguido ya. La protegeré del desánimo, procuraré que preste atención a lo bello, lo bueno, lo generoso de esta vida. Que se fije en las personas amables antes que en las desagradables. No le inculcaré que debe ser desconfiada ante cualquiera por principio. Quisiera que viera la bondad sin perder de vista que siempre habrá situaciones que suponen un peligro o un dolor. Quisiera que viviese una vida larga, plena, que haga lo que le gusta y sea responsable al mismo tiempo. Que sea feliz el máximo de momentos posibles.

Y también quiero eso para mí. Aquí y ahora, me quedo con  todo ese amor que he sentido al escribir, con esa sensación física de arrobo que tengo en el pecho. Porque en mí también está mi niña, la que fui,  que quiere creer en la bondad y en que es capaz de hacer muchas cosas y se asusta ante lo nuevo y tiene una imaginación sin medida y a la que le gusta jugar haciendo cosas con sus manos y a quien le gustan los cuentos y las leyendas y se queda quieta, llena de ensoñación, después de leer algo que la ha impresionado. La que pinta bonitos dibujos y escribe historias y se alegra cuando le ponen buenas notas en el cole. La que se mira en el espejo y se cuenta las pecas y se peina la melena larga, fuerte y ondulada y se encuentra guapa, mientras ata su pelo haciéndose una cola.  Esa niña que debiera haber sido protegida del cinismo y la amargura, de la desconfianza y el desprecio. Y de la falta de amor.
Pero aquí estoy yo, la adulta, para protegerla. Para no permitir que nadie, ni yo misma, le haga daño.
Yo me quiero a mí.



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