martes, 20 de marzo de 2018

Indefensión

Rocío Montoya


Las madres que crían solas sin recursos se sienten indefensas.
Quienes quieren estudiar y no pueden por falta de recursos se sienten en indefensión.
Las criaturas que son abandonadas, tengan o no tengan casa, se sienten en indefensión.
Las personas a las que se difama se sienten indefensas.
Quienes pierden su casa por haber perdido su trabajo se sienten en indefensión.
Las mujeres acosadas se sienten indefensas.
Las personas refugiadas a quienes nadie quiere y no tienen futuro se sienten en indefensión.
Quienes no tienen un trabajo con el que mantenerse de forma autónoma se sienten en indefensión.
Los manteros se sienten indefensos.
Quienes son llevados a juicio por una opinión se sienten en indefensión.
Las personas que no salen adelante con su pensión se sienten en indefensión.
Las criaturas que sufren acoso escolar se sienten indefensas.
Quienes no pueden acceder a un buen abogado frente a un pleito se sienten en indefensión.
Quienes padecen una enfermedad mental que sólo se puede contener y no curar se sienten en indefensión.
Yo me siento indefensa con todas esas personas. Sufro sus indefensiones y las mías propias.
¿Cómo defenderse de la sensación de indefensión?
¿Es la ceguera la solución?
¿La lucha? ¿No es el gigante demasiado grande?
¿Soltar esa sensación me ayudará? ¿ayudará a superar la indefensión de todas esas personas?
¿Cultivar la mirada hacia lo no perdido me ayudará? ¿Ayudará a otros?
Esperanza ¿Estás por ahí? Te busco.


Rocío Montoya






miércoles, 14 de marzo de 2018

Resiliencia

Una mujer siria tiende la ropa en Tabqa, adonde llegó tras huir del bastión yihadista de Raqa, el 6 de septiembre de 2017
(afp_tickers)


Bombardeo.

Bombardeo en Siria, bombardeo en mi vergüenza.
Bombardeo de desinformación en los medios, bombardeo en la línea de flotación de mi serenidad.
Bombardeo de patriotismos, bombardeo en mi sentido de pertenencia, hasta sentirme apátrida.
Bombardeo de mala educación en las redes, bombardeo en mi asco, que lo salpica todo.
Bombardeo de injusticias, bombardeo de desesperación en mí.


Como una ciudad arrasada está mi alma. Humean las ruinas de mi cuerpo, en el que parece, a ratos, no quedar piedra sobre piedra. Por momentos todo hace aguas, está lleno de cenizas. Me repliego en mí, como las mujeres en su casa devastada, haciendo inventario de los pocos platos que no se han roto, de la harina que les queda, pensando en si tendrán que ir a buscar, donde sea, con las monedas que les quedan, un poco de aceite para hacer algo de comida a sus niños y, quizá, curar alguna herida.

Después del ruido de las bombas, del inventario de enseres y de seres enteros o rotos, viene un silencio raro. Un silencio en el que los oídos aún se resienten del estruendo. Es entonces cuando esas mujeres se sientan en el suelo, en medio de lo que queda de sus casas, y simplemente sienten la nada de su corazón. Miran sin rabia, sin desgarro, simplemente porque no pueden sentir en ese momento. Así, sentadas, mirando sin ver, pasan un tiempo que parece transcurrir en un desierto sin noche y sin nada que no sea arena a la vista. Como si ya estuvieran muertas.
Luego, más o menos cerca, empiezan a escuchar murmullos y el sonido de pequeños pies subiendo y bajando de los montones de escombros. Una vocecilla aguda grita con sorpresa, se oyen risas. Son los niños. Los suyos, los de otras mujeres, da igual. Son los niños vivos, que pronto dejan atrás el pasado, aunque a veces habrá que abrazarlos por la noche, cuando sueñen. Pero cada mañana volverán a levantarse para salir corriendo entre esa nueva realidad hecha de cascotes, que para los mayores es un signo de devastación y para ellos un campo de juegos. Algunos sobrevivirán y contarán a sus hijos y nietos cómo vivieron esos tiempos. En qué plaza o barranco jugaron. Porque la vida sigue.
De entre las madres, las irrecuperables no volverán a levantar cabeza, su mirada quedará perdida para siempre. Otras, después del duelo, se levantarán, aún con dolores, se sacudirán la ropa y se pondrán a amasar algo de pan, para ellas mismas y para esos niños que corren por ahí. No queda otra.

Así está  mi alma, que desea alejarse del conflicto que tanto duele porque ya no quiere más ser parte de esa batalla en la que la violencia engendra violencia.
Porque ahí radican la muerte y el expolio interior.

sábado, 10 de marzo de 2018

Otro mundo es posible

Geoda.  Autoría de la foto desconocida


El verdadero poder está en la fuerza sabida y asumida. En la fuerza sin ira que, tranquilamente, de manera asertiva y serena, demanda lo que es un derecho inalienable.

Millones de mujeres hicimos huelga el pasado 8M, no sólo en los trabajos remunerados sino también en las tareas de cuidados que no constan en ninguna nómina, para decir que "hasta aquí", que seguiremos cumpliendo con nuestro día a día pero no somos inconscientes, que sabemos que lo que hacemos tiene valor y queremos que se reconozca. Que no queremos ser explotadas ni manipuladas por convenciones impuestas.  Que nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestra integridad física y mental han de ser intocables porque, por más que hayan sido siglos de abuso y menosprecio, la dignidad no se nos toca. Ni la nuestra ni la de ninguna de nuestras hermanas de éste y cualquier otro lugar del mundo.
Muchas lo tienen asumido desde hace mucho, otras hemos ido descubriéndolo con los años y otras más habrán tomado más conciencia en estos días.

El 8M, durante todo el día, pasamos de sentir la emoción de ver a miles de nosotras alzando la voz desde la alegría, en lugares abiertos, a acercarnos a descansar un rato en pequeños lugares en la retaguardia,  donde compañeros nuestros nos cuidaron con naturalidad, nos ofrecieron algo de beber o de comer para que descansáramos y volviésemos a las calles. En todo momento, todo, desde el respeto a las personas y a las cosas, desde la educación, sabiendo cada quien cuál era su papel ese día.

Otro mundo es posible. El capitalismo despiadado que compra nuestro tiempo, nuestra fuerza y quisiera despojarnos de nuestra alma está ahí, pero no hemos perdido nuestra humanidad y somos capaces de demostrar solidaridad y voluntad. De la buena.
Y sí: Quiero decir buena voluntad. Esa es la verdadera revolución. No hablo de poner la otra mejilla para que nos abofeteen, sino de demostrar serenamente que, por más que intenten golpearnos, sabemos de nuestra fuerza como movimiento y queremos que toda mujer sea consciente de su propio poder. No se trata de agachar la cabeza, sino de razonar una primera vez y, si la otra persona no quiere escuchar, dejarla atrás para seguir el camino. La violencia diluye la fuerza, la concentración meditada lleva más lejos. Llamadme buenista.

Sí, otro mundo es posible. Cambiemos nuestra realidad. Es posible.
Seamos inteligentes, dejemos la ira infructuosa, los egos a un lado -los nuestros y los de los quienes sólo pretenden su propio bien, ya sean fuerzas políticas u hombres mal acostumbrados- y no dejemos de dar un paso tras otro hasta que nos sacudamos el yugo que nos hace ir por caminos ya trillados, para beneficio de unos pocos. Van a querer banalizar nuestra lucha, van a querer neutralizarnos, domesticarnos una vez más. Y no.

Que no nos engañen. No necesitamos más para consumir más, como el sistema imperante quiere. Al menos no todas. Lo que las mujeres queremos es trabajo digno, sueldo digno, trato digno para ser las gestoras de nuestro cuerpo y de nuestra existencia. Y vamos a luchar por ello. A nuestra manera.

Ahora pensemos en cómo lo queremos. Sabemos hacerlo y sabemos hacerlo bien.