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| Geoda. Autoría de la foto desconocida |
El verdadero poder está en la fuerza sabida y asumida. En la fuerza sin ira que, tranquilamente, de manera asertiva y serena, demanda lo que es un derecho inalienable.
Millones de mujeres hicimos huelga el pasado 8M, no sólo en los trabajos remunerados sino también en las tareas de cuidados que no constan en ninguna nómina, para decir que "hasta aquí", que seguiremos cumpliendo con nuestro día a día pero no somos inconscientes, que sabemos que lo que hacemos tiene valor y queremos que se reconozca. Que no queremos ser explotadas ni manipuladas por convenciones impuestas. Que nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestra integridad física y mental han de ser intocables porque, por más que hayan sido siglos de abuso y menosprecio, la dignidad no se nos toca. Ni la nuestra ni la de ninguna de nuestras hermanas de éste y cualquier otro lugar del mundo.
Muchas lo tienen asumido desde hace mucho, otras hemos ido descubriéndolo con los años y otras más habrán tomado más conciencia en estos días.
El 8M, durante todo el día, pasamos de sentir la emoción de ver a miles de nosotras alzando la voz desde la alegría, en lugares abiertos, a acercarnos a descansar un rato en pequeños lugares en la retaguardia, donde compañeros nuestros nos cuidaron con naturalidad, nos ofrecieron algo de beber o de comer para que descansáramos y volviésemos a las calles. En todo momento, todo, desde el respeto a las personas y a las cosas, desde la educación, sabiendo cada quien cuál era su papel ese día.
Otro mundo es posible. El capitalismo despiadado que compra nuestro tiempo, nuestra fuerza y quisiera despojarnos de nuestra alma está ahí, pero no hemos perdido nuestra humanidad y somos capaces de demostrar solidaridad y voluntad. De la buena.
Y sí: Quiero decir buena voluntad. Esa es la verdadera revolución. No hablo de poner la otra mejilla para que nos abofeteen, sino de demostrar serenamente que, por más que intenten golpearnos, sabemos de nuestra fuerza como movimiento y queremos que toda mujer sea consciente de su propio poder. No se trata de agachar la cabeza, sino de razonar una primera vez y, si la otra persona no quiere escuchar, dejarla atrás para seguir el camino. La violencia diluye la fuerza, la concentración meditada lleva más lejos. Llamadme buenista.
Sí, otro mundo es posible. Cambiemos nuestra realidad. Es posible.
Seamos inteligentes, dejemos la ira infructuosa, los egos a un lado -los nuestros y los de los quienes sólo pretenden su propio bien, ya sean fuerzas políticas u hombres mal acostumbrados- y no dejemos de dar un paso tras otro hasta que nos sacudamos el yugo que nos hace ir por caminos ya trillados, para beneficio de unos pocos. Van a querer banalizar nuestra lucha, van a querer neutralizarnos, domesticarnos una vez más. Y no.
Que no nos engañen. No necesitamos más para consumir más, como el sistema imperante quiere. Al menos no todas. Lo que las mujeres queremos es trabajo digno, sueldo digno, trato digno para ser las gestoras de nuestro cuerpo y de nuestra existencia. Y vamos a luchar por ello. A nuestra manera.
Ahora pensemos en cómo lo queremos. Sabemos hacerlo y sabemos hacerlo bien.

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