miércoles, 14 de marzo de 2018

Resiliencia

Una mujer siria tiende la ropa en Tabqa, adonde llegó tras huir del bastión yihadista de Raqa, el 6 de septiembre de 2017
(afp_tickers)


Bombardeo.

Bombardeo en Siria, bombardeo en mi vergüenza.
Bombardeo de desinformación en los medios, bombardeo en la línea de flotación de mi serenidad.
Bombardeo de patriotismos, bombardeo en mi sentido de pertenencia, hasta sentirme apátrida.
Bombardeo de mala educación en las redes, bombardeo en mi asco, que lo salpica todo.
Bombardeo de injusticias, bombardeo de desesperación en mí.


Como una ciudad arrasada está mi alma. Humean las ruinas de mi cuerpo, en el que parece, a ratos, no quedar piedra sobre piedra. Por momentos todo hace aguas, está lleno de cenizas. Me repliego en mí, como las mujeres en su casa devastada, haciendo inventario de los pocos platos que no se han roto, de la harina que les queda, pensando en si tendrán que ir a buscar, donde sea, con las monedas que les quedan, un poco de aceite para hacer algo de comida a sus niños y, quizá, curar alguna herida.

Después del ruido de las bombas, del inventario de enseres y de seres enteros o rotos, viene un silencio raro. Un silencio en el que los oídos aún se resienten del estruendo. Es entonces cuando esas mujeres se sientan en el suelo, en medio de lo que queda de sus casas, y simplemente sienten la nada de su corazón. Miran sin rabia, sin desgarro, simplemente porque no pueden sentir en ese momento. Así, sentadas, mirando sin ver, pasan un tiempo que parece transcurrir en un desierto sin noche y sin nada que no sea arena a la vista. Como si ya estuvieran muertas.
Luego, más o menos cerca, empiezan a escuchar murmullos y el sonido de pequeños pies subiendo y bajando de los montones de escombros. Una vocecilla aguda grita con sorpresa, se oyen risas. Son los niños. Los suyos, los de otras mujeres, da igual. Son los niños vivos, que pronto dejan atrás el pasado, aunque a veces habrá que abrazarlos por la noche, cuando sueñen. Pero cada mañana volverán a levantarse para salir corriendo entre esa nueva realidad hecha de cascotes, que para los mayores es un signo de devastación y para ellos un campo de juegos. Algunos sobrevivirán y contarán a sus hijos y nietos cómo vivieron esos tiempos. En qué plaza o barranco jugaron. Porque la vida sigue.
De entre las madres, las irrecuperables no volverán a levantar cabeza, su mirada quedará perdida para siempre. Otras, después del duelo, se levantarán, aún con dolores, se sacudirán la ropa y se pondrán a amasar algo de pan, para ellas mismas y para esos niños que corren por ahí. No queda otra.

Así está  mi alma, que desea alejarse del conflicto que tanto duele porque ya no quiere más ser parte de esa batalla en la que la violencia engendra violencia.
Porque ahí radican la muerte y el expolio interior.

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