
Querida M.A.:
Tú, que tuviste la oportunidad de guardar en un armario secreto lo más recóndito de tu vida, en un armario que seguía siendo secreto por la pereza de sacar los libros de la estantería que lo protegía -¡qué lista eras!- y por el miedo de tus allegados a escarbar en la verdad, guardaste pocas cosas y poco previsibles en ti: tu vestido de novia, partituras de música, las cartas que le mandaste a tu novio, luego marido, luego maltratador hasta el día de tu muerte, libros infantiles, tus mil proyectos de costura, música, punto, grabado en metal... Tantas actividades en que quisiste ahogar tu vacío lleno de cosas, inútilmente.
Lo único vivo, al final de tu vida, era tu mirada que era el espejo de tu alma, luchadora hasta el final, con una voluntad llena de fuerza desesperanzada.
No te permitiste nunca explicar tu verdad. Ni aún en el armario secreto. Quizá, en el fondo, eras tan fácil -y tan difícil- como nosotros, los demás.
Sigues viva. Yo lo sé. Yo estoy contigo a muerte. Yo y aquellas personas que te querían de verdad. Y yo sé quienes son.Lástima no haberte abrazado un poco más.
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