lunes, 19 de agosto de 2019

Oración, despedida y cierre

Foto: Tony Luciani

Pongamos que hablo de una persona que siempre me ha inspirado una mezcla de miedo, deseo de ser querida por ella, admiración, desprecio, odio, amor... Muchos sentimientos encontrados pero nunca indiferencia.
Pongamos que me he pasado la mayor parte de mi vida reconociéndole unas pocas cosas buenas y otras muchas malas que se resumen en "Nunca me has querido. Ni a mí ni a nadie. Ni siquiera a ti misma".
Digamos que la he hecho responsable de todas mis desgracias porque "cómo me va a ir bien si he tenido una infancia de mierda".
Convengamos en que me he pasado toda mi vida adulta intentando ser justo lo contrario de esa persona sólo para, al final, toparme con la cruda realidad de que todos esos sentimientos me han hecho a mí más daño que a ella.

Mi amargura ha amargado, en ocasiones, a personas que estaban a mi alrededor y a las que nunca hubiese deseado hacer daño.
Mi deseo de reivindicación sin autoestima me ha hecho ser injusta muchas veces.
Mi dolor -centrípeto y centrífugo a la vez- ha crecido de manera directamente proporcional a mis quejas y ni me he amado ni he amado a otras personas bien.
¿De quién es la responsabilidad de todo esto?
La responsabilidad es mía.

Asumo la responsabilidad de mi vida. Si antes no sabía, ahora sé un poco más. Si antes no he sido bien cuidada yo me cuido ahora. Si antes he sido acusada, a veces injustamente, ahora me defiendo. Si antes me he sentido pequeñita, ahora me acojo a mí misma en mi pecho. Si antes he sido injusta, me perdono y pido perdón, dejando en manos de las otras personas la decisión de ser perdonada por ellas. Si antes no he estado satisfecha de mi cuerpo, de mi rendimiento, de mi vida, ahora tomo la decisión de definir bien mis valores y obrar en consecuencia, desde la benevolencia y la gratitud.
Nunca es tarde si la dicha es buena.

En cuanto a la supuesta causante de todas mis desgracias, ahora sé -con la cabeza pero también con el corazón- que es muy difícil dar amor cuando no se recibió y que, no queriéndola tocar ni con un palo, de puro amor no correspondido, estuve a punto de repetir su historia. Pero ya no. Qué peso me acabo de quitar de encima, por fin.


No hay comentarios:

Publicar un comentario