He decidido creer en los milagros y en la magia porque la ingenuidad es sabia.
He buscado la raíz, por primera vez en la vida, sin que esa búsqueda vaya relacionada con el dolor.
He sentido pertenencia sin anclaje, me he (re)conocido en la alegría. He sabido a ciencia cierta que, lo que creí un poso de tristeza intrínseca en mi padre, era añoranza de una luz que sólo se encuentra en donde creció.
Ahora sé que, lo que había de bueno en la persona más importante de mi niñez, el único amor que ha durado toda mi vida, sin desmerecer a ningún otro, está ligado a un olor, una brisa, una cadencia al hablar que sólo existe en este lugar, porque todo eso marca nuestro carácter. Las palabras y los silencios también dejan huella, pero la añoranza está hecha de pequeños fogonazos, instantes breves, que nos marcan para siempre.
En estos días seco las lágrimas que vertió ese ser tan querido y le llevo en el corazón, como si mi corazón fuera una Custodia, de vuelta a la casa en la que creció y a la que no pudo volver.
Comprendo que, por fin, he hecho el camino de vuelta y ahora podré cortar por fin los arreos que me atan al carro de la tristeza, para llevarme sólo conmigo el amor que me tuviste en vida.
Gracias, papá.
Escrito en la Caleta de Cádiz, una noche de un día de verano.

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