jueves, 8 de agosto de 2019
No se acaba aún la pena
Me duele el pecho.
Llevo el peso de muchos niños tristes en mi pecho, ahora mismo. Los niños que he visto en las noticias, sólo porque he llegado tarde para cambiar de canal. Un bebé famélico llorando; una niña que pasa miedo tras cada ruido fuerte, después de haber pasado por un bombardeo; el niño al que le sale la sangre a borbotones de la cabeza.
Lloro por los niños que fueron mi padre y mi madre, ellos que también pasaron por una guerra. Por la falta de amor que sufrió la una y el maltrato físico que sufrió el otro.
Por el hambre y la vergüenza que pasó la niña que fue mi madre, por la falta de amor que debió sufrir cuando los mayores estaban inmersos en su propia vida.
Lloro por los golpes que se llevó mi padre. Él, que siempre quiso ser bueno, que quería que le viesen por dentro y al que no le salía bien, casi nunca, el intento.
Lloro por cada abuso que sufrieron de pequeños esos niños que fueron después mis padres.
Lloro por el remedo de amor que recibí de mi madre, por la infelicidad aprendida que mamé desde pequeña, por las veces en que sentí miedo ante las peleas y la necesidad de tenerlo todo controlado y de ser responsable que tenía. Lloro por la sensación de estar perdida de la niña de 12 años que fui y lo sola que me sentí.
Lloro por el niño que fue el padre de mis hijas. Lloro por esa madre que sólo le quería a él y le quería tan mal. Lloro por su incapacidad para oír lo que el mundo tenía para ese niño que fue y por todas las convenciones que le enseñaron a guardar,como si la apariencia fuese la Ley y los Profetas.
Lloro por mis hijas, por cada una de ellas, que vivieron con miedo desde pequeñas. Lloro por mi incapacidad para hacerlo mejor que mi madre, aunque yo no tuviera otra cosa en mente.
Lloro por el amor de mi vida, esa criatura cuyo cuerpo se rompió cuando no pudo soportar más el peso de la injusticia y pasa la vida restañando, trozo a trozo, aquel dolor.
Lloro y no se deshace aún la pena. Y no sé qué viene después.
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