Cuando te conocí aún no lo sabía, pero pronto, cuando bajé la barrera de la desconfianza que sienten las personas malqueridas, me dí cuenta: por fin había llegado a casa.
Ayer cumpliste años. Te has alejado definitivamente de lo que se considera juventud y vas adentrándote cada año más en la mediana edad.
Hay gente a la que siempre ves igual, así pase una vida. Tú no. Tú, que ya eras buena persona hace diez años, has aquilatado esa bondad con argumentos de sentido común, con más paciencia, con más compasión y también más asertividad, curiosamente.
Me has enseñado en estos años, con tu ejemplo, a aceptar las situaciones de la vida que no se pueden revertir sin por eso rendirte. Me has enseñado a ver cuándo la lucha no es tal, sino sólo una locura que te hace ver gigantes en los molinos de viento. Y sin embargo, no conozco a nadie capaz de hacer más quijotadas que tú.
Te ríes aunque te duela, buscas el disfrute aunque sepas que mañana te va a doler, eres buena dando abrazos, eres confiable. Eres sensata, pero también una pachacha integral.
Y encima, me quieres... Hace diez años que llegué a casa. Tú eres, y desde hace mucho, mi hogar.

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