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| Foto del Blog de Tim Johnson, artista y cestero |
Voy a tender la ropa recién lavada y decido hacerlo de forma muy consciente, como un pequeño juego tranquilo que me ayudará a tener más destreza en la meditación.
Abro la ventana grande, de dos hojas, que considero la joya de la corona de esta cocina porque da a los tejados de tejas rojizas, está orientada al sur y resguardada del cierzo. Siento el fresco agradable en la cara, en los hombros. Es la primera hora de la tarde. Saco la ropa de la lavadora y voy decidiendo qué irá en cada cuerda, mientras noto el tacto mojado de las prendas que se enfrían rápidamente al aire, mientras pongo las pinzas. He estado tentada a poner el televisor pero me alegro de no haberlo hecho.
Siento, al terminar, una sensación de pequeño deseo que, al principio, relaciono con el hambre. Presto un poco más de atención y decido que es más bien la necesidad de tomar algo caliente. Voy a prepararme una taza de té con leche.Escojo la taza que más me gusta del armario, echo agua filtrada en el hervidor y la vierto en la taza con el colador de té, justo antes de que hierva. Añado un poco de leche y me pongo una cucharada de azúcar, Quiero algo dulce ahora mismo.
Mientras hago todo eso puedo oír cada tintineo, cada roce y el sonido del agua al caer en la taza, porque la casa está silenciosa.
Todo esto me ha llevado a pensar, en cierto momento, y no sé por qué, exactamente, en la aplicación de los aprendices, sobre todo en otros tiempos en que el aprendizaje de un oficio se obtenía de manos de una persona que llevaba muchos años ejerciendo y desplegaba su saber poco a poco, a medida que el chico o chica estaba preparado. Se enseñaba con el ejemplo, con las palabras justas y mucho silencio, mientras las manos iban mostrando qué hacer y cómo hacerlo.
Hay mucha sabiduría en esos momentos en los que no hay más mundo que la mesa de trabajo, los útiles necesarios, los elementos necesarios para completar la pieza, la voluntad de transmitir de quien enseña y la atención respetuosa de quien quiere aprender. Da igual si se trata de montar una joya o coser una camisa. Da igual si se quiere remendar un zapato que tiene hambre o construir un pilar en espiral, ladrillo a ladrillo. Da igual si se está aprendiendo una técnica de cocina o la ceremonia del té.
Hay belleza en la laboriosidad silente de esos momentos de concentración, mientras las manos trabajan. En estos tiempos de gritos, de exigencia de resultados en términos económicos, de pérdida de calidad como recurso del sistema capitalista -para hacernos creer que lo bueno se paga y si no, te conformas con lo mediocre-, en estos tiempos yo me quedo con el mejor de los aprendizajes: El que enseña a vivirlo todo de forma pausada, consciente y honestamente. Porque no necesito mucho más.

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