Me quiero y me consuelo de no ser querida, bien querida, por quienes se suponía que me debieran querer. Me quiero y me consuelo y me acurruco junto a quien me quiere. Familia y amor no van siempre juntos porque, para que la institución perdure, aunque sea en la desestructuración, hace falta siempre una oveja negra, un chivo expiatorio.
Casi llegan a conseguir que me crea que tienen razón. Me quedo con la sangre nueva, mientras no la maleen, y no tendrán nunca más mi deseo, mi apego ni mi desesperación. A dios, el suyo, pongo por testigo, que nunca volveré a jugar a su juego.

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