viernes, 28 de abril de 2017

Ni orden sin alma ni alma sin orden

Foto: Joe Coca


Yo sólo cumplo órdenes. Orden del día. Ordeno y mando. Una misión de primer orden. Ordo Fratrum Beatissimae Mariae Virginis de Monte Carmelo. Orden de los primates. Ordena tu cuarto. Susordenes, mi sargento. Vayan pasando por orden de fila. Pónmelo por orden alfabético. Lleva una vida ordenada. El orden de los factores...

He odiado gran parte de mi vida la palabra orden. Es, para mí, sinónimo de madre castradora. La mía. Era tanta la presión, cuando yo era pequeña, tanto el desprecio de ella hacia ese pecado original del desorden, tan antipática su manera de exigirlo, tanto... Que para mí la palabra desorden era sinónimo de rebeldía. Era una revolución heroica y moralmente necesaria el subvertir el orden establecido. 
Las casas perfectamente ordenadas me parecían muertas así que, cuando limpiaba la de mi niñez, dejaba una cosa fuera de su sitio, como olvidada, encima de una mesa o del sofá. Desparramaba los juguetes y todo lo que utilizaba mientras ella trabajaba fuera de casa y recogía justo veinte minutos antes de la hora en que iba a llegar. Algunas veces me pilló.
No le faltaba a ella razón ni a mí méritos. "Es muy inteligente, pero tiene el pupitre muy desordenado", le dijo mi maestra a mi madre cuando yo tenía seis años. Acto seguido, mi madre se mojó el pulgar con la lengua y me pegó la etiqueta:  Desordenada. Un baldón pa los restos. 

Trabajando, da igual en qué, siempre fui ordenada, lo cuál es paradójico. Pero tardé muchos años en ver el lado bueno de lo que, para mi madre, era la máxima virtud. Ahora necesito orden para mantener la serenidad. Me afectan los ambientes caóticos, sucios o recargados de cosas. Veo fealdad moral en ellos, me pongo de mal humor, me bloqueo. Es tanto mi malestar que, a veces, reconozco a mi madre, la antipática, en mi forma de renegar. 
Y sin embargo, quizá sea al revés:  Es tanto mi malestar interior, que necesito tranquilizarme con lo externo. Tiendo a fijarme tanto en lo que yo considero feo, que necesito ver armonía. Tengo tantas cosas en la cabeza, todas a la vez, que no soy capaz de concentrarme si no está todo en su sitio. 

Quiero equilibrio en mi vida, ya lo he dicho más de una vez. No quiero orden sin alma ni alma sin orden. 
Voy a ordenar-me un rato.


martes, 25 de abril de 2017

Despojarse de las expectativas "es bien"


A través de Mónica Parga, de Miss at la Playa
Dedicado a S.

"Es una cuestión de expectativas", dijo mi amiga ante mis explicaciones. Yo le contaba mi desilusión ante un hecho que daba por seguro y que no dependía de mí, sino de la actitud de terceras personas. Hablar con alguien que tiene la sana costumbre de pensar es bueno. Nos ayuda a ver con perspectiva.

Las expectativas dependen de los sentimientos subjetivos, que dependen a su vez de la propia historia. No tener expectativas podría ser considerado como desesperanza, según la interpretación que le demos a nuestra experiencia pasada. Es aquello de que "el gato escaldado huye del agua fría".
Esa fue mi filosofía durante muchos años porque no quería pasarlo mal. Después decidí bajar la barrera y pasé a creer que "tol mundo é güeno". Pero tampoco. O sí, pero no a mi conveniencia.

En realidad, cargar sobre alguien la responsabilidad de mis expectativas es injusto. La idea preconcebida que yo me hago sobre cómo debieran ser las cosas es cosa mía. Si decido confiar, es mi opción. Si decido no esperar nada, también. Pero nadie está obligado a cumplir aquello que yo espero.

Pero ¿Qué debo esperar? ¿De quién debo esperarlo? ¿Quién es responsable de mis sentimientos?
Yo.
¿He de culpar, pues a alguien? No. Ni a mí misma. Yo estoy aprendiendo a vivir, como todo el mundo. Cada cuál a su ritmo y en su camino. Los caminos se cruzan y van paralelos o no. Todo aquello que estemos dispuestos a dar tendrá reciprocidad o no. No es mi responsabilidad lo que la otra persona decida. Mi actitud:  Esa sí es cuestión mía.
Visto así, perdonarme a mí misma por no saber todo esto de antemano es ser benevolente conmigo misma. No poner mis expectativas en los demás, es ser benevolente con ellos también.




jueves, 20 de abril de 2017

Reconciliación

Paloma Wool

Hace casi un año retomé una vieja amistad. Llevaba mucho tiempo molesta con su costumbre de quejarse, su aspecto no me gustaba y la mayor parte del tiempo desoía sus llamadas.
En realidad era una relación de amor-odio. Recordaba los buenos momentos pasados y me daba pena la distancia que había ahora entre las dos. También temía que se alejase para siempre y que llegase un momento en que desapareciese. No podía ser. Tenía que intentar una vez más romper las barreras, intentar dialogar, llegar a comprenderla y lograr abrazarla sin reparo.

Esa persona era yo misma. Siempre entre el pasado que lastra y el futuro que asusta, estaba en un sinvivir. Mi cuerpo se quejaba porque no lo escuchaba, no  lo veía y no lo reconocía como mío después de varias operaciones y alguna secuela. En realidad nunca lo quise mucho, a mi cuerpo, aunque otras personas lo quisieran por mí. No me quería mucho a mí misma. Punto. Y lo que no se quiere no es tomado en consideración.
Había llegado el momento de poner remedio y para conseguirlo busqué ayuda. Necesitaba poner las cosas en perspectiva y saber por dónde ir.

La cosa es muy simple, en realidad: Centrarse en lo único que tenemos, que es el momento presente. Ser capaz de parar el pensamiento recurrente que nos lleva y nos trae y prestar plena atención al justo tiempo que dura el propio respirar, una y otra vez, reconociendo que sólo el instante presente existe. El Aquí y Ahora. Lo que pasó hace unas horas ya pasó y el porvenir ya vendrá.
En este mismo momento puedo centrarme en respirar, que es lo que me mantiene viva, y ser consciente de cada cosa que ocurre a mi alrededor sin que me afecte de más. Puedo sentir el roce de la sábana sobre mi piel, porque escribo en la cama. Puedo sentir el peso de un pie sobre el otro porque los tengo cruzados. Puedo sentir cómo viene el sueño poco a poco. Oigo la respiración de la persona a la que quiero, que duerme al lado y cómo llega a mi pensamiento el desencuentro que he tenido esta tarde con una persona. Pero eso es pasado y, sin juzgarlo, lo alejo de mí. Paro de escribir por un momento y disfruto de ese silencio interior, que me llena de sosiego. Es lo único que me pertenece, lo único que existe.

Ser consciente ayuda a ir poniendo todo en su justa medida. Cuando no estoy en ese estado de concentración el dolor, moral o físico, se magnifica y me llega a ofender. Mi ego tiende a la crítica y me siento atada por mis pasiones. Ganan ellas y me hacen sentir como un barco a merced de las olas.

Esto que cuento no es algo nuevo. La meditación zen y la Vipassana llevan muchos siglos practicándose y aquí, en Occidente, despojado del ropaje filosófico oriental, se conoce como Mindfulness.

No me resulta fácil, estoy aprendiendo. Pero rotas algunas barreras y enfrentada a mi propio desamor, he empezado a tomar consciencia, en muchas ocasiones durante el día, de cuándo no estoy viviendo el momento presente y me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Y eso mientras simplemente camino por la calle o cuando me duele el cuerpo y no voy corriendo a acallarlo con un analgésico sino que aprendo a que no me domine; mientras medito formalmente, sentada en silencio y también durante la comida, saboreando cada bocado conscientemente y siendo agradecida por ello.
Mucho más difícil me resulta en un momento de conflicto con otras personas, porque, introvertida como soy, me afectan mucho los momentos de tensión. Pero aprendo.

Quien me está ayudando en este camino es el Dr. José Antonio Giménez Mas, médico patólogo que fue durante años Jefe de Servicio de Anatomía Patológica de un gran hospital y que practica la medicina integrativa. A él le doy las gracias por su generosidad y paciencia al transmitirme algo de todo lo que sabe.





martes, 18 de abril de 2017

Ruido

              Foto: Masao Yamamoto


El televisor encendido a cualquier hora. La música de fondo que ni me gusta. La profusión obscena de noticias. Las amistades sólo sustentadas por memes.  Las relaciones forzadas. La gente que critica a otra gente. Las críticas que yo hago de otra gente. Las críticas que yo me hago a mí misma. Las quejas continuadas. Los recuerdos guardados en el fondo del cajón, que ya no mueven nada. El desorden. El horror vacui. La cultureta. Los libros que nunca se abren. Las fotos de alguien que ni recuerdo. Los pensamientos rumiantes. El dolor inútil.

Ruidos reales y metafóricos que me aturden, me embotan, me llevan y me traen, que sustentan mi ego y, paradójicamente, me alejan de mí.

Es tiempo de callar y acallar, hacer limpieza y estar quieta. Todo a la misma vez.





domingo, 16 de abril de 2017

Quiero la paz en el mundo, como las misses



                             Sin título:  Erika Kuhn


¿De qué me servirá ganar el mundo si con ello pierdo mi alma?

Anhelo estar en paz. Quiero la paz en el mundo, como las misses. 
En mi cultura, la occidental, para tener hay que conseguir, obtener, adquirir.  Siempre pensé que el conocimiento era la mayor riqueza y que "quien tiene la información tiene el poder".  También crecí pensando que "el dinero no da la felicidad pero ayuda" y que "con pan, las penas son menos"".
Sin embargo he conocido a muchas personas cultas que no saben vivir, la información desinforma y entristece, no veo más felices a quienes más viajes se pueden permitir ni a los que tienen la casa llena de los mejores muebles y electrodomésticos. Las cosas que se compran con dinero dan un sentimiento de euforia al momento y, al poco, lo que era una maravilla pasa a teñirse del gris de lo cotidiano o peor aún:  Se convierte en un trasto. En cuanto a que las penas se pasan con pan y vino... Mi estómago, mi lengua y las cremalleras de mis pantalones lo niegan.

Deseo la paz en el mundo y sé que no soy dueña ni de un pelo de mi cabeza. Así que, en un acto de humildad, decido que voy a empezar por no pedir tanto. Quiero estar en paz yo conmigo misma. No es fácil. No lo conseguiré con ninguna adquisición más. Paradójicamente, este logro viene al desaprender, al vaciar, al silenciar, al renunciar.
Si yo cambio cambia mi pequeño mundo. Si yo cambio tengo la perspectiva necesaria para no morir de pena e impotencia ante las noticias. Así puedo plantearme qué puedo hacer yo. Y qué puedo dejar de hacer.