![]() |
| Paloma Wool |
Hace casi un año retomé una vieja amistad. Llevaba mucho tiempo molesta con su costumbre de quejarse, su aspecto no me gustaba y la mayor parte del tiempo desoía sus llamadas.
En realidad era una relación de amor-odio. Recordaba los buenos momentos pasados y me daba pena la distancia que había ahora entre las dos. También temía que se alejase para siempre y que llegase un momento en que desapareciese. No podía ser. Tenía que intentar una vez más romper las barreras, intentar dialogar, llegar a comprenderla y lograr abrazarla sin reparo.
Esa persona era yo misma. Siempre entre el pasado que lastra y el futuro que asusta, estaba en un sinvivir. Mi cuerpo se quejaba porque no lo escuchaba, no lo veía y no lo reconocía como mío después de varias operaciones y alguna secuela. En realidad nunca lo quise mucho, a mi cuerpo, aunque otras personas lo quisieran por mí. No me quería mucho a mí misma. Punto. Y lo que no se quiere no es tomado en consideración.
Había llegado el momento de poner remedio y para conseguirlo busqué ayuda. Necesitaba poner las cosas en perspectiva y saber por dónde ir.
La cosa es muy simple, en realidad: Centrarse en lo único que tenemos, que es el momento presente. Ser capaz de parar el pensamiento recurrente que nos lleva y nos trae y prestar plena atención al justo tiempo que dura el propio respirar, una y otra vez, reconociendo que sólo el instante presente existe. El Aquí y Ahora. Lo que pasó hace unas horas ya pasó y el porvenir ya vendrá.
En este mismo momento puedo centrarme en respirar, que es lo que me mantiene viva, y ser consciente de cada cosa que ocurre a mi alrededor sin que me afecte de más. Puedo sentir el roce de la sábana sobre mi piel, porque escribo en la cama. Puedo sentir el peso de un pie sobre el otro porque los tengo cruzados. Puedo sentir cómo viene el sueño poco a poco. Oigo la respiración de la persona a la que quiero, que duerme al lado y cómo llega a mi pensamiento el desencuentro que he tenido esta tarde con una persona. Pero eso es pasado y, sin juzgarlo, lo alejo de mí. Paro de escribir por un momento y disfruto de ese silencio interior, que me llena de sosiego. Es lo único que me pertenece, lo único que existe.
Ser consciente ayuda a ir poniendo todo en su justa medida. Cuando no estoy en ese estado de concentración el dolor, moral o físico, se magnifica y me llega a ofender. Mi ego tiende a la crítica y me siento atada por mis pasiones. Ganan ellas y me hacen sentir como un barco a merced de las olas.
Esto que cuento no es algo nuevo. La meditación zen y la Vipassana llevan muchos siglos practicándose y aquí, en Occidente, despojado del ropaje filosófico oriental, se conoce como Mindfulness.
No me resulta fácil, estoy aprendiendo. Pero rotas algunas barreras y enfrentada a mi propio desamor, he empezado a tomar consciencia, en muchas ocasiones durante el día, de cuándo no estoy viviendo el momento presente y me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Y eso mientras simplemente camino por la calle o cuando me duele el cuerpo y no voy corriendo a acallarlo con un analgésico sino que aprendo a que no me domine; mientras medito formalmente, sentada en silencio y también durante la comida, saboreando cada bocado conscientemente y siendo agradecida por ello.
Mucho más difícil me resulta en un momento de conflicto con otras personas, porque, introvertida como soy, me afectan mucho los momentos de tensión. Pero aprendo.
Quien me está ayudando en este camino es el Dr. José Antonio Giménez Mas, médico patólogo que fue durante años Jefe de Servicio de Anatomía Patológica de un gran hospital y que practica la medicina integrativa. A él le doy las gracias por su generosidad y paciencia al transmitirme algo de todo lo que sabe.

No hay comentarios:
Publicar un comentario