sábado, 25 de noviembre de 2023

Lo hiciste muy bien

 

Safwan Dawoul
          


Lo último que me dijiste fue "No temas, no te iré a buscar para darte un mal palo... Pero siento mucho decirte que te va a pasar lo mismo que a tu abuela". Lo dijiste con una sonrisa cínica que daba miedo. 

Han pasado 15 años y sigo teniendo pesadillas en las que aún estoy contigo, en que me sigues haciendo luz de gas, haciéndome creer, a mí y a quienes más me importaban, que estaba loca. 

15 años de intentar volver a tender puentes que parece que nunca volverán a construirse y que me llevan de la esperanza a la desesperanza cada vez. 

Qué bien lo hiciste. Y ahora ¿Qué? 

jueves, 21 de abril de 2022

Duelo por una niña

 

Foto de Kati Horna (1912-2000)


Se ha muerto una niña. 

Nació en guerra y pasó hambre y frío. Por eso le gustaba guardar cosas y monedas por todos los rincones. Por si acaso. 

Le gustaba jugar a las casitas pero no tenía platitos ni ollas de juguete, ni mantelitos tampoco, así que, en cuanto pudo, se hizo de muchos platos, muchos vasos y muchas tazas. Muchos trozos de tela de colores también, así hacíamos de ver, como todos los niños dicen mientras juegan, que tenía un ajuar digno de una reina de su casa. 

Le gustaba soñar con que era una belleza del cine y por eso se ponía piedras en la suela de sus alpargatas para parecer que era una chica con zapatos de tacón. En los pocos ratos en que coincidió su niñez con la mía, mientras me pintaba castillos y princesas, me explicaba eso de las piedras, pero nunca entendí muy bien cómo lo hacía. 

Le gustaba hacerse vestidos como los de esa princesa del castillo, con los que daba vueltas sobre sí misma en las verbenas y las bodas, jugando a ser la Cenicienta en el baile. También se cosía  florecitas en la ropa y se ponía mariposas en el pelo. 

Le gustaban las muñecas pero no tuvo más que una, de cartón, que los Reyes Magos le dejaron en casa de su madre. Quienes la quisieron le regalaron más muñecos, ya después. Dormía con los dos que más le gustaban y con ellos en su pecho se fue para jugar por siempre jamás. 

Debió pasar mucho miedo y también vergüenza,  por eso era llorona -"boca rana" la llamaba su madre- y peleona también. No creo que nunca fuese plenamente consciente de lo que sentía ella misma de verdad y, menos aún,  lo que sentían o necesitaban los demás a su alrededor pero, así y todo, algo especial tendría, cuando muchas personas hubiesen querido ser amadas por ella. 

Con siete años fue a trabajar por primera vez, de criadita, para una familia de los ricos del pueblo. Tenía que subirse a un taburete para llegar al fregadero y no le daban bien de comer. Le dijo a la señora que "para pasar hambre, se volvía a casa". La mujer le contestó que "se fuera a casa de su madre, a que le diera pollo". "Pues aquí tampoco lo he comido" le espetó la niña. Me la imagino bajándose del taburete y yéndose bien digna. Fue muy trabajadora siempre.

Tenía 85 y era mi madre. La última noche juntas la pasé mirando a esa niña, pequeñita de nuevo. Sin corazas ya ni recelos, sin malicia ni dolor, con sus muñequitos entre sus brazos. Niña bonita para siempre ya. Querida niña mamá. 




martes, 15 de marzo de 2022

Deshielo del duelo

 

Honor C. Appleton
The Snow Queen 


Se puede llorar un dolor antiguo, un fósil de dolor, un dolor metido en un bloque de hielo que parecía eterno. 

Se puede extraer un dolor viejo como se quita una muela podrida pero bien enraizada; como se sale de la mina, tiznada pero sobreviviente.

Se puede expulsar un dolor inane, como pariendo una mola, con los dientes apretados y un desgarro desesperanzado pero necesario. 

Sólo confío en que este dolor, que tan enquistado estuvo, deje un hueco en mi pecho para poder,  por fin, respirar mejor.

domingo, 9 de enero de 2022

A veces es dififácil

 



A veces hay que releer para olvidar, ausentarse para no desaparecer,  desatarse para anclarse a la vida. A veces hay que escuchar cuentos para entender la realidad, buscar la llamita inmaterial para no quemarse en esta tierra,  dejar la costumbre para volver a lo íntimamente sabido. 

A veces hay que deshabitarnos para llegar a casa.

A veces hay que sacarles del corazón para que el amor no muera.


sábado, 5 de junio de 2021

Gracias

 




Esta gratitud que siento hoy no viene de ningún pensamiento racional, de ningún recuento de ganancias o favores. 
Esta gratitud que siento hoy me nace en el pecho, en él se enraiza y nace un árbol que, lejos de deshacer mis entrañas, con sus brazos subterráneos, me afianza, me abraza para que nada de mí se pierda, como las raíces de una planta retienen la tierra en el cepellón.
Está fuera de toda lógica estructurada pero tiene toda la lógica del mundo.  

Mis ancestros me dijeron que soltara el carro que arrastraba y me lastraba y así lo he hecho. Aún quedan pequeñas raicillas de apego y algo de ajenjo amargo, pero el árbol de la gratitud crece y crece, lenta pero inexorablemente. Me dará sombra y cobijo y en su copa anidarán los pájaros de la esperanza. 

miércoles, 2 de junio de 2021

Desarraigo

 Me quiero y me consuelo de no ser querida, bien querida, por quienes se suponía que me debieran querer. Me quiero y me consuelo y me acurruco junto a quien me quiere. Familia y amor no van siempre juntos porque,  para que la institución perdure, aunque sea en la desestructuración, hace falta siempre una oveja negra, un chivo expiatorio. 


Casi llegan a conseguir que me crea que tienen razón.  Me quedo con la sangre nueva, mientras no la maleen, y no tendrán nunca más mi deseo, mi apego ni mi desesperación. A dios, el suyo, pongo por testigo, que nunca volveré a jugar a su juego. 

sábado, 21 de noviembre de 2020

Amo rosam

Viejos pulmoncitos queridos, aliento mío. La tristeza de ir a medio gas circula entre esos alveolos, bronquios, bronquiolos, palabritas rosa que aprendí en días de colegio, hace casi una vida. Os acompaño con conciencia, acompañadme vosotros a mí. Reconciliémonos de esa enemistad tonta entre nuestra familia y vosotros mismos. No podemos vivir los unos sin los otros, así que vayamos a una todo el tiempo que tengamos. Os doy las gracias por vuestra alquimia que convierte el aire en vida.

Tráigame el libro de reclamaciones

Andamos ofendidos con la vida últimamente. Nos parece que nos está dando un mal servicio; no nos deja transitar libremente; no nos ofrece seguridad. Nos causa miedo si nos ha tocado de pleno la enfermedad o la muerte de seres queridos, nos sentimos fastidiados si coarta nuestros movimientos; nos sentimos inseguros si nuestra supuesta estabilidad se ve en peligro, y se sienten igual de mal, al parecer, según sus gritos, quienes no saben si podrán pagar su piso del extrarradio el mes que viene y los que no pueden marchar a una segunda residencia con su jardín y su jardinero el próximo puente. ¿En qué momento llegamos a perder el contacto con la realidad? ¿Cuándo llegamos a creer que éramos consumidores de vida con un contrato, con una garantía, con un seguro? Hace dos generaciones los niños pequeños podían morir de una amigdalitis, podías morir por una herida en el dedo mal curada, de parto, muy frecuentemente, por un alimento en mal estado, por una cirugía carnicera, teniendo en cuenta los medios disponibles. Es más: Muchísima gente está muriendo ahora mismo por todas estas cosas y otras más nimias en África. Ahora, hoy. Estupor es lo que siente mucha gente, ahora mismo, en esta Europa que se mira el ombligo permanentemente. Estupor y sentimiento de estar siendo estafada como si vivir fuese un derecho inalienable. Y sí. Una vez nacidos tenemos derechos por los que luchar, con mayor o menor fe, como el derecho a la educación, una vivienda digna, el derecho al trabajo justamente pagado, acceso a la Sanidad, por supuesto. Y el derecho de vivir en paz,como cantaba mi querido Victor Jara. La vida, o Vida, como queramos, tiene sus propias leyes. O ninguna. O es un ente sin ojos, o es un padre protector, o uno vigilante con la vara presta, o la vida es una rueda en movimiento perpetuo. Cada quién busca cómo entender y entenderse con esta vida como puede. Quizá debamos pararnos a pensar si nuestra permanencia y nuestra transcendencia son tan importantes para el Universo. Mientras tanto vamos encajando las ausencias o las pérdidas de salud, aprendiendo a vivirlas como una realidad nueva.

miércoles, 3 de junio de 2020

Terapia a porta gayola

Bordado de Ana Teresa Barbosa


¿Quién, alguna vez, ante un examen, no ha estudiado sólo lo justo para aprobar?
Lo haces así porque no le das importancia a esa materia y sólo pretendes no bajar la nota media, porque deseas dar más tiempo a otra asignatura que te gusta más o porque hoy hace sol y quieres soltar el libro para salir de casa pronto. A las dos horas de terminar el examen no te acuerdas para nada de lo que habías leído.
Cuando eres adolescente te parece una pequeña transgresión que casi te hace sentir bien. Le has hecho una pirula a lo establecido y crees que has salido airosa porque, total, sólo existe el hoy. El próximo trimestre está muy lejos y si para entonces no tienes buena base y te quedas colgada... ¿Quién piensa en eso a los 16?

Este es uno de los primeros engaños que nos auto-infligimos cuando empezamos a decidir por nuestra cuenta; de ahí, para abajo, en el peor de los casos.

Someterse a una psicoterapia tiene similitudes con ir a hacer un examen. Vas porque quieres, sí, pero vas a someterte y por eso intentas cumplir y, a la vez, escabullirte. Te quieres escabullir porque, si lo haces bien, es duro, es un esfuerzo, has de rendir cuentas a otra persona aunque sea voluntariamente y, sobre todo, quedas al descubierto ante ti misma. Y eso pica. Así que, algunas personas, pasamos por diversas terapias a lo largo de la vida y no rematamos nunca la faena. De cada experiencia nos queda una enseñanza y eso nos da un cierto barniz de cultureta psicológica y un pequeño vocabulario. Ya está. Al final sabemos lo que nos pasa, un poco por ciencia infusa, pero no sabemos qué hacer con esa información.
Hasta que un día decidimos coger el toro por los cuernos y entrar a matar (y van tres referencias taurinas en un mismo párrafo; demasiadas para alguien a quien le gustan los toros, pero no los toreros).

Empiezas una nueva terapia y te prometes a ti misma que esta vez sí que sí:  vas a sacarle tantas capas a la cebolla de tus conflictos que va a pasar frío y todo. Desnudita se va a quedar tu alma. Pero ¡No sólo eso! Va a ser rápido e indoloro, como una buena depilación, porque tú ya llevas mucha mili hecha y la veteranía es un grado. Después pasa lo que pasa.
Tras un par de semanas, en que todo va como una seda y tú vives en la fantasía de estar llevando las riendas de tu vida, viene un socavón y vuelven la ansiedad, la baja autoestima y la sensación de fracaso. Tu terapeuta te explica que forma parte del proceso y tu pareja te dice que "eres la única que creía que ésta sería una terapia corta, mujé..." Agachas las orejas y te envías tú misma al rincón de pensar.  A eso, a pensar.

No hay atajos, esa es la conclusión.Si quieres aprender no hay atajos, sea que estudies Bachillerato o que estés aprendiendo a vivir.
Si no pierdes el miedo a caer no consigues montar en bici; si te escudas en la intelectualización de tu dolor no rompes la coraza; si te entretienes intentando cambiar solamente lo más externo de tus problemas -los síntomas- no llegas nunca al fondo. Y es que tocar fondo da mucho miedo.
También da miedo pensar en aceptarte tal y como eres en este mismo momento.  Esa mezcla paradójica de narcisismo y autodesprecio es absurda, pero has vivido así toda la vida, botando como una pelota de ping-pong entre el virtuosismo frugal que te hace sentir bien y el exceso que te hace sentir mal.
Luego están los daños colaterales que no son colaterales y te rompen el alma. Y es que, si no te quieres a ti misma ¿Puedes creer que alguien te quiera? ¿Puedes aceptar su amor? Si no te respetas a ti misma ¿Puedes respetar a las demás personas? ¿Eres capaz de poner límites para que no te falten al respeto otros?
Esto no puede seguir así, ya está bien de jugar al escondite contigo misma, por tu propio bien y para que no nos pille (el torero) el próximo curso.









lunes, 18 de mayo de 2020

A vuelta de correo. Cartas de amor conmigo misma

Muñoz, M. (2020). Todo en una. [Collage]

                                                                   Zaragoza, a 15 de mayo del 2020

Hola, cuerpo.

Compañero cuerpo, cuerpo querido, cuerpo odiado, cuidado y descuidado, maltratado, acallado, empequeñecido y también agrandado hasta hacerlo invisible.

Te he querido poco y mal muchas veces, a ti, que me has sido leal siempre. Te he moldeado hasta hacerlo irreconocible, sólo por ocultarme tras una supuesta monstruosidad que no se avenía a las normas de estos tiempos y, aún así, obstinadamente, has dejado traslucir la belleza de la dignidad humana que me correspondía. Otras veces te he hecho pequeñito hasta que no me reconocía en ti.

Y sin embargo, aún a pesar de mí en algunas ocasiones, me has hecho vivir momentos gloriosos. Sé lo que es la subida a la cima del placer, la explosión larga, dueña de sí misma y que trasciende lo físico que da un orgasmo y dos y tres y... Sé de la dejadez desbaratada y extasiada de después del sexo.
Sé lo que es la sal del mar secándose en mi cuerpo, del sabor a sal al pasar mi lengua por mi propio brazo mientras tomaba el sol. Sé del placer de acunar a un bebé recién nacido. Sé lo que es parir dueña de mi propia fuerza, de mi propio dolor, de mi propio poder, de mi propio desgarro.
Sé lo que es sentir que sube el amor por mi pecho al oler el nacimiento del pelo de la persona a la que amo. Sé lo que es la tensión que me recuerda que estoy viva cuando te hago moverte y me gritas, cuerpo mío, desde cada juntura.
Sé del hambre y de la sed, del cansancio y el reposo, del pequeño lujo al tacto de unas sábanas limpias, una puesta de sol en la playa, el olor a pino, tomillo y romero en el monte de mi niñez, el azote del viento en mi pelo revuelto...

Gracias. Gracias por servirme de vehículo para vivir tantas cosas, gracias por ser mi alerta ante el peligro y la enfermedad. Gracias por ser mi amigo más fiel, el único que me ha acompañado siempre,  aún en los momentos en que lo más fácil hubiese sido desistir y abandonarme.
Gracias por perdonar mi maltrato, por comprender que, quien hace daño, casi siempre es porque siente mucho dolor. Gracias por esperarme y no desesperar, por seguir adelante con cada cicatriz nueva, con cada hueco dejado por una cirugía. Eres un cuerpo valiente.

Siento haberte llenado de cosas que no te iban bien como si fueras el cubo de la basura. Han sido muchos pensamientos negativos y recurrentes. Te he intentado matar por saciedad y llenarte haciéndote el vacío. te he hecho ir agachado, enroscado sobre ti mismo como si fueses un insecto, una cochinilla que se hace una bola cuando se siente amenazada y otras cosas que no voy a recordar, por compasión.
Y sin embargo, a pesar de todo,  aún quedan vestigios de tu belleza y tu dignidad sigue estando ahí. Sigues funcionando a pesar de los achaques, como los buenos.

No sé si habrás notado que te quiero cuidar. Últimamente dejo de lado aquello que te pueda dañar o sea dudoso. Busco escucharte más, callar más y ver qué necesitas. Y ¿Sabes por qué? Porque te quiero querer, porque me quiero. Quiero que esto sea el principio de una larga amistad, el reencuentro de un amor de la niñez, la inocencia del principio de la creación y un amor hasta que la muerte nos separe. Hoy, ahora, estoy viva, que la muerte ya vendrá, como dice nuestro Pau Donés.

Querido cuerpo, quiero bailar contigo y que nos quiten lo bailao.

Con amor

----------------------------------------------------------------------------
                                                                                                   Zaragoza, a 17 de mayo de 2020

Querida M.

Gracias por acordarte de mí y tenerme presente.
Me gustaría decirte, antes que nada, que me da mucha pena que tu relación conmigo haya estado tan a menudo ligada a tu sentimiento de culpa. Sé que no ha sido por falsa moralina en relación al sexo, por ejemplo. Siempre has sido disfrutona, aunque haya habido épocas en que sólo has disfrutado cuando has decidido no juzgarme por adelantado.
Culpa y juicio, sí. Esas son las dos actitudes que más me han dolido de ti siempre.  Bueno, también que me hayas castigado a mí cuando sentías rabia hacia otras personas, como tu madre, por ejemplo, o tu anterior pareja.

Has sido mucho de tragar, tú. Tragar con todo y tragar, después, de todo. Vomitar te ha costado mucho, en el sentido literal y físico de la palabra. Pero vomitar tu desesperación por esa boquita... Si las paredes hablasen... Yo sí te he hablado en estos años. Siempre. No podrás decir que no he sido franco contigo. Me he engordado porque te comiste tu frustración, se me han roto los dientes porque me sentía sin fuerzas, después de que los apretaras, no sé si por no liarte a mordiscos o por aguantar las malas rachas. Mi cara -tu cara- se ha llegado a volver insensible después de un dolor insoportable... A este puzzle que es tu cuerpo le faltan piezas, aunque sigue reconociéndose la forma. Cada hueco de lo que falta es una cicatriz.
Aún así, lo que peor he llevado siempre es que, encima, me juzgases tan mal. Me hubiese gustado que me aceptaras como se acepta a un hijo, si eres una madre medio normal. Ninguna madre normal ve feo a su hijo. De hecho, es capaz de ver bondades en su hijo o hija aunque sea lo más borde de este mundo. Creo que he estado esperando todos estos años de la misma manera en que tú has esperado el amor maternal.
Y, sin embargo, sé que te has sentido mal por eso y te has pasado muchos años intentando restaurar esa relación conmigo. No desde el castigo y la penitencia, como tantos años hiciste, por no ser perfecto -como si la perfección existiera o hubiese sólo un modo de perfección-.

Desde hace un tiempo, unos años, intentas darme voz, intentas escucharme más, intentas no juzgarme tanto y aceptarme como estoy. También intentas no culparte tanto a ti misma. Yo lo sé, lo noto. Procuras darme las cosas que necesito y ahorrarme el trabajo de deshacerme de las cosas que no me hacen bien. Te sale mejor unas veces que otras, pero me gusta tu intención.
No tengas miedo: lo que tenga que pasar conmigo, la salud y la falta de salud también, dependen en parte de ti, es verdad, pero no sólo de ti, de tus cuidados o tus pensamientos. La muerte vendrá, a todo el mundo le llega y nadie sabe cómo será. Pero una cosa te voy a decir: Vamos a tomárnoslo con calma. Vamos a querernos y a vivir día por día, tú y yo. O yo y yo, no sé. Sé que estamos aprendiendo mucho y que eso nos sana a nosotras y a nuestro entorno. Estamos aprendiendo a hacerlo bien día por día.
 
Sabes que siempre me tendrás contigo, pase lo que pase, hasta que la muerte nos separe, como tú dices.
Estoy contigo.

Un abrazo fuerte.

Tu cuerpo que te quiere y te espera.







domingo, 29 de marzo de 2020

Inocente






Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis.
Mateo 25:40

Era una niña. Una niña de unos cinco o seis años, a lo sumo.
Una niña con su perro, un cachorro todavía. Cuando el perro creció, desapareció. Le dijeron que se había escapado. Ella se lo creyó. El perro volvió y después le dijeron que se había vuelto a escapar. Ella se lo creyó de nuevo.

Le gustaba sentarse en un columpio del parque y mirar alrededor, observando a los demás. Le gustaba inventarse historias sobre la casa que veía frente a su ventana. Era una pared de piedra que a ella le parecía muy alta, porque la casa quedaba muy arriba, y se percibía que habría varios tramos de escaleras hasta acceder a la vivienda. Colgaban hacía afuera las ramas de un falso pimentero -o aguaribay- cuyo olor impregnó su memoria, hasta hoy. Para la niña aquello era un castillo y sus habitantes un misterio. Todo cambia, pero el árbol, que entonces ya era muy grande, sigue allí, aunque han pasado más de 50 años.

Era capaz de abstraerse de todo, fijarse en un punto y dejar su mente en blanco. Meditaba antes de saber lo que era la meditación.

Le gustaban los libros y los tenía muy bonitos porque la señora donde su madre iba a limpiar se los regalaba.

Para ella, entonces, todo el mundo era bueno porque ella era buena. Nunca se rió de nadie y siempre se daba cuenta de si alguien estaba triste. No tenía muchos amigos, le gustaba más estar con personas mayores. Jugaba, eso sí, con su hermano, dos años menor que ella.  Luego vino la vida.

Esa niña no le había hecho daño a nadie.
Por eso, porque era una niña, nadie tiene derecho ahora a tratarla mal o a ignorarla deliberadamente. Ella no tiene la culpa de lo que vivió la adolescente o la mujer en la que se convirtió. No tiene la culpa de ninguna equivocación del futuro. No tiene la culpa de nada.

Cualquiera que le haga daño, cualquiera que la ningunee, estará haciéndole daño a ella, no a la mujer que sería después. A un niño se le protege siempre.
Yo no voy a dejar que nadie le haga daño a mi niña ni la malquiera. Hay algo feo en quien no hace aprecio de una criatura que fue. Un niño siempre es un niño.

Esa niña vive en mí y yo la protejo.