viernes, 27 de septiembre de 2019

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Armario secreto








Querida M.A.:
Tú,  que tuviste la oportunidad de guardar en un armario secreto lo más recóndito de tu vida, en un armario que seguía siendo secreto por la pereza de sacar los libros de la estantería que lo protegía -¡qué lista eras!- y por el miedo de tus allegados a escarbar en la verdad, guardaste pocas cosas y poco previsibles en ti:  tu vestido de novia, partituras de música, las cartas que le mandaste a tu novio, luego marido,  luego maltratador hasta el día de tu muerte, libros infantiles, tus mil proyectos de costura, música, punto, grabado en metal... Tantas actividades en que quisiste ahogar tu vacío lleno de cosas, inútilmente.

Lo único vivo, al final de tu vida, era tu mirada que era el espejo de tu alma, luchadora hasta el final,  con una voluntad llena de fuerza desesperanzada.
No te permitiste nunca explicar tu verdad. Ni aún en el armario secreto.  Quizá, en el fondo,  eras tan fácil -y tan difícil- como nosotros,  los demás.
Sigues viva. Yo lo sé.  Yo estoy contigo a muerte. Yo y aquellas personas que te querían de verdad.  Y yo sé quienes son.Lástima no haberte abrazado un poco más.

lunes, 19 de agosto de 2019

Oración, despedida y cierre

Foto: Tony Luciani

Pongamos que hablo de una persona que siempre me ha inspirado una mezcla de miedo, deseo de ser querida por ella, admiración, desprecio, odio, amor... Muchos sentimientos encontrados pero nunca indiferencia.
Pongamos que me he pasado la mayor parte de mi vida reconociéndole unas pocas cosas buenas y otras muchas malas que se resumen en "Nunca me has querido. Ni a mí ni a nadie. Ni siquiera a ti misma".
Digamos que la he hecho responsable de todas mis desgracias porque "cómo me va a ir bien si he tenido una infancia de mierda".
Convengamos en que me he pasado toda mi vida adulta intentando ser justo lo contrario de esa persona sólo para, al final, toparme con la cruda realidad de que todos esos sentimientos me han hecho a mí más daño que a ella.

Mi amargura ha amargado, en ocasiones, a personas que estaban a mi alrededor y a las que nunca hubiese deseado hacer daño.
Mi deseo de reivindicación sin autoestima me ha hecho ser injusta muchas veces.
Mi dolor -centrípeto y centrífugo a la vez- ha crecido de manera directamente proporcional a mis quejas y ni me he amado ni he amado a otras personas bien.
¿De quién es la responsabilidad de todo esto?
La responsabilidad es mía.

Asumo la responsabilidad de mi vida. Si antes no sabía, ahora sé un poco más. Si antes no he sido bien cuidada yo me cuido ahora. Si antes he sido acusada, a veces injustamente, ahora me defiendo. Si antes me he sentido pequeñita, ahora me acojo a mí misma en mi pecho. Si antes he sido injusta, me perdono y pido perdón, dejando en manos de las otras personas la decisión de ser perdonada por ellas. Si antes no he estado satisfecha de mi cuerpo, de mi rendimiento, de mi vida, ahora tomo la decisión de definir bien mis valores y obrar en consecuencia, desde la benevolencia y la gratitud.
Nunca es tarde si la dicha es buena.

En cuanto a la supuesta causante de todas mis desgracias, ahora sé -con la cabeza pero también con el corazón- que es muy difícil dar amor cuando no se recibió y que, no queriéndola tocar ni con un palo, de puro amor no correspondido, estuve a punto de repetir su historia. Pero ya no. Qué peso me acabo de quitar de encima, por fin.


domingo, 11 de agosto de 2019

La aprendiza



Foto del Blog de Tim Johnson, artista y cestero

Voy a tender la ropa recién lavada y decido  hacerlo de forma muy consciente, como un pequeño juego tranquilo que me ayudará a tener más destreza en la meditación.

Abro la ventana grande, de dos hojas, que considero la joya de la corona de esta cocina porque da a los tejados de tejas rojizas, está orientada al sur y resguardada del cierzo. Siento el fresco agradable en la cara, en los hombros. Es la primera hora de la tarde. Saco la ropa de la lavadora y voy decidiendo qué irá en cada cuerda, mientras noto el tacto mojado de las prendas que se enfrían rápidamente al aire, mientras pongo las pinzas. He estado tentada a poner el televisor pero me alegro de no haberlo hecho. 

Siento, al terminar, una sensación de pequeño deseo que, al principio, relaciono con el hambre. Presto un poco más de atención y decido que es más bien la necesidad de tomar algo caliente. Voy a prepararme una taza de té con leche.Escojo la taza que más me gusta del armario, echo agua filtrada  en el hervidor y la vierto en la taza con el colador de té, justo antes de que hierva. Añado un poco de leche y me pongo una cucharada de  azúcar, Quiero algo dulce ahora mismo.
Mientras hago todo eso puedo oír cada tintineo, cada roce y el sonido del agua al caer en la taza, porque la  casa está silenciosa.

Todo esto me ha llevado a pensar, en cierto momento, y no sé por qué, exactamente, en la aplicación de los aprendices, sobre todo en otros tiempos en que el aprendizaje de un oficio se obtenía de manos de una persona que llevaba muchos años ejerciendo y desplegaba su saber poco a poco, a medida que el chico o chica estaba preparado. Se enseñaba con el ejemplo, con las palabras justas y mucho silencio, mientras las manos iban mostrando qué hacer y cómo hacerlo.

Hay mucha sabiduría en esos momentos en los que no hay más mundo que la mesa de trabajo, los útiles necesarios, los elementos necesarios para completar la pieza, la voluntad de transmitir de quien enseña y la atención respetuosa de quien quiere aprender. Da igual si se trata de montar una joya o coser una camisa. Da igual si se quiere remendar un zapato que tiene hambre o construir un pilar en espiral, ladrillo a ladrillo. Da igual si se está aprendiendo una técnica de cocina o la ceremonia del té. 

Hay belleza en la laboriosidad silente de esos momentos de concentración, mientras las manos trabajan. En estos tiempos de gritos, de exigencia de resultados en términos económicos, de pérdida de calidad como recurso del sistema capitalista -para hacernos creer que lo bueno se paga y si no, te conformas con lo mediocre-, en estos tiempos yo me quedo con el mejor de los aprendizajes: El que enseña a vivirlo todo de forma pausada, consciente y honestamente. Porque no necesito mucho más.



He llegado a casa

Cuando te conocí aún no lo sabía, pero pronto, cuando bajé la barrera de la desconfianza que sienten las personas malqueridas, me dí cuenta: por fin había llegado a casa.

Ayer cumpliste años. Te has alejado definitivamente de lo que se considera juventud y vas adentrándote cada año más en la mediana edad.
Hay gente a la que siempre ves igual, así pase una vida. Tú no. Tú, que ya eras buena persona hace diez años, has aquilatado esa bondad con argumentos de sentido común, con más paciencia, con más compasión y también más asertividad, curiosamente.

Me has enseñado en estos años, con tu ejemplo, a aceptar las situaciones de la vida que no se pueden revertir sin por eso rendirte. Me has enseñado a ver cuándo la lucha no es tal, sino sólo una locura que te hace ver gigantes en los molinos de viento. Y sin embargo, no conozco a nadie capaz de hacer más quijotadas que tú.

Te ríes aunque te duela, buscas el disfrute aunque sepas que mañana te va a doler, eres buena dando abrazos, eres confiable. Eres sensata, pero también una pachacha integral.

Y encima, me quieres... Hace diez años que llegué a casa. Tú eres, y desde hace mucho, mi hogar.


jueves, 8 de agosto de 2019

No se acaba aún la pena



Me duele el pecho.
Llevo el peso de muchos niños tristes en mi pecho, ahora mismo. Los niños que he visto en las noticias, sólo porque he llegado tarde para cambiar de canal. Un bebé famélico llorando; una niña que pasa miedo tras cada ruido fuerte, después de haber pasado por un bombardeo; el niño al que le sale la sangre a borbotones de la cabeza.

Lloro por los niños que fueron mi padre y mi madre, ellos que también pasaron por una guerra. Por la falta de amor que sufrió la una y el maltrato físico que sufrió el otro.
Por el hambre y la vergüenza que pasó la niña que fue mi madre, por la falta de amor que debió sufrir cuando los mayores estaban inmersos en su propia vida.
Lloro por los golpes que se llevó mi padre. Él, que siempre quiso ser bueno, que quería que le viesen por dentro y al que no le salía bien, casi nunca, el intento.
Lloro por cada abuso que sufrieron de pequeños esos niños que fueron después mis padres.

Lloro por el remedo de amor que recibí de mi madre, por la infelicidad aprendida que mamé desde pequeña, por las veces en que sentí miedo ante las peleas y la necesidad de tenerlo todo controlado y de ser responsable que tenía. Lloro por la sensación de estar perdida de la niña de 12 años que fui y lo sola que me sentí.

Lloro por el niño que fue el padre de mis hijas. Lloro por esa madre que sólo le quería a él y le quería tan mal. Lloro por su incapacidad para oír lo que el mundo tenía para ese niño que fue y por todas las convenciones que le enseñaron a guardar,como si la apariencia fuese la Ley y los Profetas.

Lloro por mis hijas, por cada una de ellas, que vivieron con miedo desde pequeñas. Lloro por mi incapacidad para hacerlo mejor que mi madre, aunque yo no tuviera otra cosa en mente.

Lloro por el amor de mi vida, esa criatura cuyo cuerpo se rompió cuando no pudo soportar más el peso de la injusticia y pasa la vida restañando, trozo a trozo, aquel dolor.

Lloro y no se deshace aún la pena. Y no sé qué viene después.

Buenas, yo venía a machacarme, pero no.

Mia Ohki es una ilustradora expresionista, artista de henna y creadora de No Auto-Pilot, un movimiento dedicado al empoderamiento femenino en carreras no convencionales. Mia quiere crear un espacio de colaboración y creatividad donde no tengas que demostrar tu habilidad o valor como profesional a nadie más que a ti mismo. Hecho en Alberta, Canadá.
Buenas, yo venía a machacarme. 

Venía a decirme a mí misma y al mundo que hay que ver, que estoy teniendo mogollón de pistas de por dónde ha de ir mi vida, a qué velocidad debo ir y cuál ha de ser mi meta y voy yo y me resisto.
Venía a decirme que no lo estoy haciendo correctamente, una vez más, y ya he perdido la cuenta. Que es que me distraigo, que lleno mi cuerpo y mi mente de estímulos y eso no hay corazón ni barriga que lo resista y que qué poco nivel, Maribel. 

Entonces, cuando estaba a punto de empezar con las endechas, he decidido que, esta vez, no. Esta vez voy a decirme lo que hubiese querido escuchar siempre y lo que hubiese querido ser capaz de decir a quien lo necesitara: 

-Que tenga paciencia porque estoy trabajando y eso dará fruto. 

-Que tenga paciencia porque mis tiempos son los míos y no tengo ninguna obligación de agradar a nadie o influir en su opinión sobre mí.

-Que me quiera, me respete y me acepte y ya, luego, mejore aquello en lo que puedo mejorar. 

Así que, nada. Vine a machacarme pero salgo en mi defensa. 

Prometo ser valiente, pero también paciente.

viernes, 2 de agosto de 2019

Volver a donde nunca estuve




Me he perdido, me he  encontrado, he perdido la esperanza, la he vuelto a encontrar.

He decidido creer en los milagros y en la magia porque la ingenuidad es sabia.

He buscado la raíz, por primera vez en la vida, sin que esa búsqueda vaya relacionada con el dolor.
He sentido pertenencia sin anclaje, me he (re)conocido en la alegría. He sabido a ciencia cierta que, lo que creí un poso de tristeza intrínseca en mi padre, era añoranza de una luz que sólo se encuentra en donde creció.

Ahora sé que, lo que había de bueno en la persona más importante de mi niñez, el único amor que ha durado toda mi vida, sin desmerecer a ningún otro, está ligado a un olor,  una brisa, una cadencia al hablar que sólo existe en este lugar, porque todo eso marca nuestro carácter. Las palabras y los silencios también dejan huella, pero la añoranza está hecha de pequeños fogonazos, instantes breves,  que nos marcan para siempre.

En estos días seco las lágrimas que vertió ese ser tan querido y le llevo en el corazón, como si mi corazón fuera una Custodia, de vuelta a la casa en la que creció y a la que no pudo volver.

Comprendo que,  por fin,  he hecho el camino de vuelta y ahora podré cortar por fin los arreos que me atan al carro de la tristeza, para llevarme sólo conmigo el amor que me tuviste en vida.
Gracias,  papá.

Escrito en la Caleta de Cádiz, una noche de un día de verano.