miércoles, 6 de diciembre de 2017

Soltando lastre para el viaje

http://ferdinandusscripsit.blogspot.com.es/2016/07/rosa-de-los-vientos-esbozos-para-andrea.html
Poema de Ella Wheeler Wilcox


Menos crueldad cuanto más felices somos. 

Más felicidad cuanto menos sufrimos.

Menos sufrimiento cuanto más nos desapegamos.

Más desapego cuanto menos nos resistimos.

Menos resistencia cuanto más (nos) aceptamos. 

Más aceptación cuando menos (nos) juzgamos.

Menos juicio cuanta más compasión sentimos.

Más compasión cuanta menos crueldad albergamos...

Y vuelta a empezar.

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Un barco conduce al este y otro conduce al oeste 

con los mismos vientos que soplan. 
Es el conjunto de las velas 
Y no el viento 
el que nos dice el camino a seguir. 
Como los vientos de los mares son los caminos del destino, 
mientras viajamos a lo largo de la vida: 
es el conjunto de un alma 
quien decide su objetivo, 
y no la calma o la contienda. 

Ella Wheeler Wilcox

lunes, 20 de noviembre de 2017

Quiero querer bien.



Quiero.
Quiero bondad.
Quiero bondad hacia mí misma.
Quiero benevolencia de mi parte hacia los demás.
Quiero benevolencia de parte de los demás hacia todos los demás.
Quiero benevolencia de los demás hacia mí misma, sinceramente lo digo.
Quiero no sentir la necesidad de la benevolencia de los demás hacia mí misma.
Quiero querer bien querido.

lunes, 30 de octubre de 2017

Después de la tormenta

Light and Colour (Goethe's Theory) – the Morning after the DelugeJoseph Mallord William Turner

Veo fealdad, vulgaridad, cinismo, catetismo, violencia y odio porque me estoy fijando en lo que de feo, vulgar, cínico, cateto, violento y odioso tiene el mundo.
O no. Estoy viendo esas cosas porque quiero ver todo eso y, sobre todo, juzgarlo.

Tiene algo de autocastigo fijarse en todo lo que trae tanto sufrimiento, en aquello que me hace pensar que esta sociedad, de la que formo parte, está perdida. Yo tengo mi cuota de responsabilidad por cuanto lo veo, lo reproduzco, lo comparto y sobre todo, lo juzgo.

¿Qué gano?  Gano la sensación de sentirme querellante y por tanto superior al otro  ¿Qué aporto? Aporto más violencia ¿Puedo cambiar algo? Puedo cambiar lo que me rodea en la esfera más pequeñita a mi alrededor.

Cuando me alejo y acallo las voces, cuando aquieto mi cuerpo y soy consciente del momento presente y de mí misma -y por tanto (me) vivo-, todo toma otra dimensión. Yo soy pequeña. Un pequeño grano en la tormenta de arena porque ahí he querido estar. Soy llevada de aquí para allá a merced del viento, pero en el vendaval soy uno de los pequeños granos que con fuerza se clavan en la cara de los otros como si fuera un alfiler. No mato, pero duelo.
¿Quiero eso? No. No quiero.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Todo bien, gracias. Como siempre.





Empezar bien el día. Ir viendo las noticias de mierda de hoy y de siempre, ver imágenes de los españoles que huían durante y tras la Guerra Civil española, pillar una película a medias sobre la Maternidad de Elna, en las inmediaciones del campo de refugiados de Argelès-sur-Mer en los años 40 y ver, frentre a la bondad responsable de la fundadora, Elisabeth Eidenbenz, la maldad organizada de los nazis. Volver a pensar en los millares, cientos de millares de refugiados sirios, yazidíes y demás desgraciados habitantes del lado oscuro de este mundo hoy, y terminar, una vez más, deseando parar el mundo y apearme de él, desde mi sofá, andando alrededor de mi sofá, yendo del sofá al lavabo y vuelta a mi sofá.
Pensar en tomarme un valium o fumarme el tercer cigarro del día, que al final me fumo, aunque no me conviene. Yo y mis cosas. Enchufar el ordenador porque se me ha acabado en ese momento la batería. Ir a mear, porque me he dado cuenta de que me estaba meando desde hace mucho rato, mientras gemía llorando sin poder llorar, todo al mismo tiempo que escribía, murmurando que este mundo es una mierda, que es un asco, que el infierno está en este mundo, que cuando mis hijas eran pequeñas tenía miedo de haberlas traído a un mundo de mierda y ahora ya tengo dos nietas en este mundo más enmierdado aún que hace 30 ó 20 años. Darme cuenta de que todo esto pasa por mi mente mientras estoy en un entorno mínimamente
protegido, por ahora, nunca se sabe. Plantearme que lo mejor sería no ver las noticias, no ver ningún documento, documental
o docudrama de lo que ha pasado, está pasando o puede llegar a pasar. Darme cuenta de que, si la enfermera suiza que fundó la maternidad de Elna hubiera pensado igual, hubieran muerto muchas más mujeres y niños españoles y judíos de los que ya habían muerto antes de que ella se moviera. Darme cuenta de que mi dolor y mi rabia son inanes, no consiguen nada. Que soy sensible pero cobarde. Que es mi deber cuidarme pero es egoísta también. Y llegar a la conclusión de que acabo de pasar toda la miseria del mundo por el cedazo de mi narcisista, pequeño, dolor inútil.

Todo bien, gracias. Como siempre.


Fotografías:  "Migrant Mother", Dorothea Langer, 1936

Gozosamente

@martubarcelonafoto

Moverme como un criatura que aún no controla mucho, acompasando la respiración (se me acumula la faena) y notando cada pequeño tirón, cada crujidito, cada pequeño dolor que prueba que estoy viva. Sonrío como debe de sonreír una gata que ronronea, si los gatos sonríen. Gozosamente.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Rompecabezas

Hannah Höch

El puzzle era inmenso. Pieza a pieza iba encontrándole un sentido a ciertas partes y después unía esos retazos con otros para intentar verle el sentido al conjunto.
Cuando casi no le quedaban piezas vio que algo no funcionaba. El hueco que estaba por terminar era más grande que el conjunto de las piezas que tenía. No le cuadraba. Definitivamente, ahí faltaba algo. Había un vacío en el cuadro final. Decidió que así no iba a quedar, así que, de la caja misma del juego, recortó un pedazo y buscó colores. Se fijó en lo que había alrededor del hueco y pintó lo más parecido posible. luego recortó un poquito del cartón que había pintado y probó. No, no encajaba aún. Recortó un poquito más y luego otro poco. Al final embutió la pieza que había conformado en el resto del puzzle y así lo dejó un tiempo, en una mesa, montado y un poco olvidado. De vez en cuando lo miraba con un poco de fastidio.
Siempre dice que limpiar y poner orden trae premio.  Eso le pasó un tiempo después. Decidió remover toda la habitación, apartando los muebles de las paredes y levantando las alfombras y en eso estaba cuando un trocito de cartón, de color azul, salió de una rendija insospechada. Era la pieza perdida.
Esta vez se propuso algo diferente. No iba a colocar la pieza en un modelo ya acabado, no. Aunque fuera más difícil, esa iba a ser el primer trocito que iba a colocar y, alrededor, encajaría las demás. Sería más difícil, pero también un reto divertido. Además, si se equivocaba, siempre podía deshacer y volver a intentarlo. ¿Quién le iba a regañar? Porque ¿Quién tiene derecho a diseñar la vida de otra persona? Esa pieza perdida era ella misma en el rompecabezas de su vida y lo que no iba a hacer de nuevo era intentar acomodarse, cortando por aquí y por allá, pintándose de los colores que el medio demandaba, ni más ni menos que para encajar.


viernes, 4 de agosto de 2017

Letanía inútil

Ilustración:  Uri (blog 1967)
Siento que me hieres. Por mi ego.
Te lo cuento. Reaccionas a la de/o/fensiva. Por tu ego.
Digo algo que sé que te duele. Por mi ego.
Me gritas. Por tu ego.
Te grito. Por mi ego.
Intento explicar qué me ofende a gritos. Por mi ego.
Me gritas que sólo quiero discutir por gusto. Por tu ego.
Te acuso de no ser la primera persona en tu vida. Por mi ego.
Me dices que me lo merezco. Por tu ego.
Me acuerdo de toda tu parentela. Por mi ego.
Me nombras a toda mi parentela. Por tu ego.
Me defiendo ofendiendo. Por mi ego.
Te vas y me dices que ni te llame. Por tu ego.
Me dan ganas de mandarlo todo a la mierda, yo por delante. Por mi ego.
Vuelves pero no hablas como castigo. Por tu ego.
Quiero hablar y aclarar mi postura. Por mi ego...
Por mi ego, por tu ego, por nuestro grandísimo ego.
Por eso ruego a Don Gil de las calzas verdes, a Perico el de los Palotes y a Rita la Cantaora que intercedan por mí, ante quien corresponda, para que llegue yo a entender que más vale comerse cada cuál su propia mierda y que no soy tan importante como para ir doliéndome tanto.


De lo que tú hagas con tu ego no soy yo quién para opinar.
Para este viaje no hacían falta alforjas y me doy cuenta ahora.
¡A buenas horas, mangas verdes!


lunes, 5 de junio de 2017

Ya lo dijo Raphael


ChumMcLeod
dmiro a las personas que no emiten juicios, que son prudentes al hablar y escuchan sin poner cara de "si yo te contara" . Creo que son los verdaderos santos de este mundo.  Los demás, parece que de todo sabemos y de todo opinamos. Sólo hay que escuchar una conversación en la barra de un bar en este país o en la inmensa mayoría de los perfiles de Facebook o Twitter.
Tomamos postura ante la política y sus representantes, ante las creencias religiosas de unos o la falta total de fe de otros, ante las costumbres y las culturas de otras etnias diferentes a las nuestras. Criticamos al personaje público que se esconde cuando padece una enfermedad terminal y al que se expone, estando activo hasta el final. Hablamos de la vida privada de actores y de si les crece el culo a las actrices como si eso fuese lo importante, no su trabajo. Aún los supuestos programas deportivos son hoy una mezcla de cotilleos sobre el último peinado o el nuevo coche de un jugador de fútbol y declaraciones que nada tienen que ver con el deporte.
Da igual el tema del que hablemos, su urgencia o su importancia. Siempre termina colándose el cuñadismo y la crítica feroz. El patio de vecinos es ahora inmenso, el ruido ensordecedor y la vida de propios y extraños es expuesta, como la ropa tendida.

Si sales del redil por un momento te das cuenta de cómo, a pesar del hastío que te produce -cada vez más-, tú participas del juego. Es como un mal vicio:  Te vas dejando llevar hasta que empiezas a hastiarte, ves las consecuencias de la crítica en el que la hace y en quien la recibe y dices:  "Yo ya no quiero esto para mí. No quiero entrar en el juego de las hienas ni verme en el lugar del despojo". Eso sin contar con que, a partir de cierta edad, cada quien tiene la cara que se merece. La gente que todo lo juzga termina teniendo una cara que echa para atrás instintivamente. Y una es muy coqueta.

Pero mientras tanto, mientras jugamos y no jugamos al juego, a todo le ponemos etiquetas. 
Siempre se dijo que los trapos sucios se lavaban en casa. Y es verdad. Intentamos guardar nuestra intimidad porque sabemos cómo nos las gastamos nosotros mismos con la información de los demás.
Todos sabemos lo que tendría que hacer el vecino con su vida. Es muy fácil decir "cómo se te ocurre", "yo en tu lugar" y "lo que tienes que hacer es...".

Hasta que te toca a ti la piedra. A ti o a los tuyos. Entonces relativizas, te vuelves posibilista y haces tuyas las palabras de Raphael (quién te lo iba a decir a ti): ¿Qué sabe nadie?







domingo, 14 de mayo de 2017

Medita-bunda pero no vaga-bunda

Poster de Jonathan Burton
Meditabunda me pongo a meditar desde hace unos días, consciente de mis resistencias y excusas. De tal manera que he empezado a escribir varias veces esta entrada y no he sido capaz de seguir, aunque yo escribo siempre del tirón y sólo corrijo la sintaxis a veces.

Una vez superado el reparo a sentarme en un entorno que me distraía y no me gustaba, y sabiendo que eso no es más que una coartada y está basado en el juicio, paso un tiempo cada mañana y cada noche buscando hilar momentos de atención plena. No me es nada fácil, porque la mayoría de las veces, en estos días, me descubro a mí misma rumiando.

Me pregunto si la forma de ser de la mayoría de nosotros, occidentales, al acercarnos a la meditación, no adolece de todos nuestros tics:  Buscamos aprehender rápido, nos ponemos metas, juzgamos lo conseguido y lo no conseguido... Cosificamos la experiencia y la pervertimos al intentar cuadricularla en base a unos baremos.

Mi resistencia al cambio, mis miedos, mi falta de autoestima, son algunas de las cosas que tengo y me tienen. He convivido con ellas más de medio siglo aunque no fuesen buenas compañeras. Me quiero y porque me quiero, no puedo arrancarlas de mí tan rápido como quien se arranca un esparadrapo. No me voy a dejar la piel en esto para considerarme más valiente. Eso sería una etiqueta más y bastante me cuesta no juzgar. Tampoco pretendo estar dentro de las estadísticas, según las cuales yo, seguramente, estoy yendo muy despacio.

Así, sin tirar la toalla, porque lo aprendido forma parte ya de mí, sigo sin pausa pero sin prisa. Celebro lo conseguido, lo que he incorporado a mi manera de hacer ciertas cosas. Por primera vez en mi vida, desde la preadolescencia, mi estado de ánimo no condiciona mi forma de comer y eso me hace muy feliz. Como conscientemente, sin que la comida sea un premio, ni un castigo, ni un consuelo. Me gusta esa sensación, que me hace sentir liberada.

Desde el respeto a mí misma me propongo seguir asomándome a este mirador que me fascina y me da miedo a la vez.  Mi fascinación es mía y mi miedo también.

Estoy agradecida a la vida por ponerme piedrecitas por el camino para no perderme, en forma de conversaciones llenas de sentido y de lecturas, unas buscadas y otras encontradas sin buscar. A lo mejor es verdad que el Universo se confabula con nosotros. O quizá es como cuando esperas un bebé y no haces más que ver embarazadas. No lo sé. Lo acepto como un regalo.

Haber salido de las tierras de Anhedonia, emprender camino y ser capaz de contarlo aquí ya es un regalo inmenso.

martes, 9 de mayo de 2017

¿Y qué pasa?

Monolithic Fragility
 (Buildings we construct when we present ourselves to others)
Sergio Albiac


Y...¿Qué pasa si no cumplo las expectativas de los demás?

¿Qué pasa si les parece que soy poco ambiciosa? ¿Si tengo pocas aspiraciones? ¿Qué pasa si hago trabajos socialmente poco o nada considerados?  ¿Qué pasa si quiero vivir en el umbral del sistema? ¿Soy yo lo que hago?

¿Qué pasa si piensan que me quiero poco pero no les gusta que diga "no"?

Pues pasa que respeto mis tiempos.
Si estoy replanteándome las bases sobre las quiero que se mantenga mi vida no quiero salir corriendo detrás de cada supuesta oportunidad que se me presenta. Aunque me equivoque.

Lo único inexcusable es la propia existencia.


sábado, 6 de mayo de 2017

Dos niñas y un solo propósito

El Rabal de Barcelona, 1958.  Joan Colom
Si a la niña que más quiero en este mundo la achucharan para que aprendiese a leer -ella que aún no está escolarizada- sólo porque otras niñas de su edad ya lo hacen, yo la apartaría de quienes la empujasen a ello, porque cada personita tiene sus tiempos. Ella es feliz contándose a sí misma los cuentos fijándose en las ilustraciones.
Es consciente de todo aquello que no sabe hacer bien y a veces se retrae por un momento, se vuelve tímida, pero se repone enseguida y utiliza sus habilidades actuales para seguir expresándose.

Es una valiente que, aunque tenga miedo, se enfrenta cada día a la oscuridad de la noche, a los árboles que le parecen muy altos, al bosque donde ella cree que hay lobos. Dice:  "Está muy oscuro, pero no pasa nada" y "en este bosque hay lobos y me dan miedo, pero me gustan".

Cuando alguien, un mayor, le grita, regaña o le levanta la mano por algo que no depende de ella ni es su responsabilidad busca a su madre y, con sentimiento, se lo cuenta. Es decir, que busca ayuda. No dice que la otra persona es mala, sólo que su madre vaya a hablar con esa persona. Su madre es asertiva y educada, ambas cosas, de manera que todo se arregla y ella, la nena, sigue jugando tranquila. No guarda rencor.

Cuando sale, siempre le pide a su madre que ayude a alguna persona que pide en la calle. Un día dijo:  "Este señor está triste" y hubo que ir a comprar un pastelito para el señor, porque a sus cuatro años eso es lo que a ella le parece una fiesta . Tendrá que aprender que en este mundo hay injusticias y que ella debe hacer su parte para que esto no sea así. Pero su cabecita ve ahora lo que ve y actúa según su entendimiento.

La niña a la que yo más quiero es creativa, curiosa, consciente de sus limitaciones, valerosa y sabe pedir ayuda. No guarda rencor y sigue intentando hacer aquello que aún no domina. Es empática y quiere remediar lo que para ella no está bien.

Yo siento un amor entrañable por ella. No dejaría que pasara hambre ni frío. Quisiera que no tuviera motivos para llorar nunca, más allá de un pequeño berrinche. Siempre la animaré a ver cuánto ha conseguido ya. La protegeré del desánimo, procuraré que preste atención a lo bello, lo bueno, lo generoso de esta vida. Que se fije en las personas amables antes que en las desagradables. No le inculcaré que debe ser desconfiada ante cualquiera por principio. Quisiera que viera la bondad sin perder de vista que siempre habrá situaciones que suponen un peligro o un dolor. Quisiera que viviese una vida larga, plena, que haga lo que le gusta y sea responsable al mismo tiempo. Que sea feliz el máximo de momentos posibles.

Y también quiero eso para mí. Aquí y ahora, me quedo con  todo ese amor que he sentido al escribir, con esa sensación física de arrobo que tengo en el pecho. Porque en mí también está mi niña, la que fui,  que quiere creer en la bondad y en que es capaz de hacer muchas cosas y se asusta ante lo nuevo y tiene una imaginación sin medida y a la que le gusta jugar haciendo cosas con sus manos y a quien le gustan los cuentos y las leyendas y se queda quieta, llena de ensoñación, después de leer algo que la ha impresionado. La que pinta bonitos dibujos y escribe historias y se alegra cuando le ponen buenas notas en el cole. La que se mira en el espejo y se cuenta las pecas y se peina la melena larga, fuerte y ondulada y se encuentra guapa, mientras ata su pelo haciéndose una cola.  Esa niña que debiera haber sido protegida del cinismo y la amargura, de la desconfianza y el desprecio. Y de la falta de amor.
Pero aquí estoy yo, la adulta, para protegerla. Para no permitir que nadie, ni yo misma, le haga daño.
Yo me quiero a mí.



viernes, 5 de mayo de 2017

De amores y palabras difíciles




Corazón roto (Fingerpainting).  Jaime Sanjuan
Aprender a quererse a una misma no es como enamorarse de otra persona. El enamoramiento es un estado transitorio en el que obviamos nuestro sentido común y nos dejamos llevar por la inconsciencia. Quererse a una misma, en la vida adulta y sin mucha experiencia, es como irse quitando espinitas de inseguridad y falta de autoestima clavadas desde hace mucho tiempo. Algunas se han encarnado, son un cuerpo extraño que a simple vista no se ve y hay que abrir para que salgan fuera. Y eso duele.

No es fácil porque, además, no se sabe bien cómo definir ese acto de amor. No es lo mismo el amor propio -relacionado con la dignidad, el pundonor o el orgullo- que el auto-amor. En realidad, esto del auto-amor sólo lo he visto escrito en textos de índole  espiritual/ista mezclado con una pizca de psicología y una pulgada de religiones orientales y me parece un término forzado por la necesidad de definir nuevos conceptos y matices.

Una palabra muy utilizada en Mindfulness es autocompasión.  Para entender lo que es la autocompasión buscaré primero el significado de compasión. La compasión es padecer con alguien, es decir, ir más allá de la simpatía, llegar a la identificación con el sentimiento de otro. Pero tiene un sentido de acompañamiento en el dolor. No contempla el sentimiento de alegría por el bien del otro. Por otro lado, es una palabra lastrada por el uso que de ella ha hecho el catolicismo, que la relaciona con la misericordia o la caridad.
La caridad es, según su etimología, benevolencia y solidaridad acompañadas de cariño. Pero las palabras se corrompen con el mal uso y la ideología de quien las utiliza. Para muchas personas, hoy en día, tiene un sentido clasista que se resume en la campaña que el régimen franquista lanzó en los años cincuenta:  Siente un pobre a su mesa por Navidad.
La autocompasión, además, tiene un matiz viscoso y repelente que nos hace pensar en el victimismo autoexculpatorio y que, a mí personalmente, me resulta antipático. Creo que me lo tendré que hacer mirar. Si tanto me repele, quizá mi sombra es muy alargada.

Como la palabra autocompasión no llega a cumplir todas las expectativas, podríamos pensar que la autocomplacencia es mejor y más buena. Pero quien pasa de la sana autoestima a estar encantado de haberse conocido termina cayendo fácilmente en un narcisismo egoísta que hace daño a los que viven a su alrededor. Y quien no es bueno con los demás tampoco lo es,al final, para consigo mismo.


Al fin, pues, parece que quererse podría ser una mezcla de amor propio, autocompasión, autoestima y buenos deseos y acciones hacia una misma y todo ello se podría resumir en el término bondad. 
Yo tengo un problema con eso:  Quisiera ser siempre buena -que no es lo mismo que virtuosa- para con los demás y también para conmigo misma. Pero muchísimas veces no lo consigo porque estoy cansada, o nerviosa, o me siento infeliz, o porque no sé hacerlo mejor o porque tampoco soy una santa. Por lo que sea. Pero deseo tener esa bondad y a esa voluntad se le llama benevolencia. Con ella me quedo.

 Quiero ser buena conmigo misma. Deseo ser buena conmigo misma. Deseo para mí una vida tranquila. Deseo aprender a desechar el dolor innecesario y a sufrir lo mínimo posible con el dolor inevitable. Deseo alegrarme con las pequeñas cosas y no gafar las grandes cosas por miedo. Deseo saber amar bien en su sentido más amplio y saber recibir el amor sin ambages. Deseo encontrar consuelo y contento en mí misma, sin dependencias emocionales insanas.

Deseo lo mejor para mí misma, porque me quiero querer bien. Y voy a aprender a hacerlo. Despacito y buena letra.



viernes, 28 de abril de 2017

Ni orden sin alma ni alma sin orden

Foto: Joe Coca


Yo sólo cumplo órdenes. Orden del día. Ordeno y mando. Una misión de primer orden. Ordo Fratrum Beatissimae Mariae Virginis de Monte Carmelo. Orden de los primates. Ordena tu cuarto. Susordenes, mi sargento. Vayan pasando por orden de fila. Pónmelo por orden alfabético. Lleva una vida ordenada. El orden de los factores...

He odiado gran parte de mi vida la palabra orden. Es, para mí, sinónimo de madre castradora. La mía. Era tanta la presión, cuando yo era pequeña, tanto el desprecio de ella hacia ese pecado original del desorden, tan antipática su manera de exigirlo, tanto... Que para mí la palabra desorden era sinónimo de rebeldía. Era una revolución heroica y moralmente necesaria el subvertir el orden establecido. 
Las casas perfectamente ordenadas me parecían muertas así que, cuando limpiaba la de mi niñez, dejaba una cosa fuera de su sitio, como olvidada, encima de una mesa o del sofá. Desparramaba los juguetes y todo lo que utilizaba mientras ella trabajaba fuera de casa y recogía justo veinte minutos antes de la hora en que iba a llegar. Algunas veces me pilló.
No le faltaba a ella razón ni a mí méritos. "Es muy inteligente, pero tiene el pupitre muy desordenado", le dijo mi maestra a mi madre cuando yo tenía seis años. Acto seguido, mi madre se mojó el pulgar con la lengua y me pegó la etiqueta:  Desordenada. Un baldón pa los restos. 

Trabajando, da igual en qué, siempre fui ordenada, lo cuál es paradójico. Pero tardé muchos años en ver el lado bueno de lo que, para mi madre, era la máxima virtud. Ahora necesito orden para mantener la serenidad. Me afectan los ambientes caóticos, sucios o recargados de cosas. Veo fealdad moral en ellos, me pongo de mal humor, me bloqueo. Es tanto mi malestar que, a veces, reconozco a mi madre, la antipática, en mi forma de renegar. 
Y sin embargo, quizá sea al revés:  Es tanto mi malestar interior, que necesito tranquilizarme con lo externo. Tiendo a fijarme tanto en lo que yo considero feo, que necesito ver armonía. Tengo tantas cosas en la cabeza, todas a la vez, que no soy capaz de concentrarme si no está todo en su sitio. 

Quiero equilibrio en mi vida, ya lo he dicho más de una vez. No quiero orden sin alma ni alma sin orden. 
Voy a ordenar-me un rato.


martes, 25 de abril de 2017

Despojarse de las expectativas "es bien"


A través de Mónica Parga, de Miss at la Playa
Dedicado a S.

"Es una cuestión de expectativas", dijo mi amiga ante mis explicaciones. Yo le contaba mi desilusión ante un hecho que daba por seguro y que no dependía de mí, sino de la actitud de terceras personas. Hablar con alguien que tiene la sana costumbre de pensar es bueno. Nos ayuda a ver con perspectiva.

Las expectativas dependen de los sentimientos subjetivos, que dependen a su vez de la propia historia. No tener expectativas podría ser considerado como desesperanza, según la interpretación que le demos a nuestra experiencia pasada. Es aquello de que "el gato escaldado huye del agua fría".
Esa fue mi filosofía durante muchos años porque no quería pasarlo mal. Después decidí bajar la barrera y pasé a creer que "tol mundo é güeno". Pero tampoco. O sí, pero no a mi conveniencia.

En realidad, cargar sobre alguien la responsabilidad de mis expectativas es injusto. La idea preconcebida que yo me hago sobre cómo debieran ser las cosas es cosa mía. Si decido confiar, es mi opción. Si decido no esperar nada, también. Pero nadie está obligado a cumplir aquello que yo espero.

Pero ¿Qué debo esperar? ¿De quién debo esperarlo? ¿Quién es responsable de mis sentimientos?
Yo.
¿He de culpar, pues a alguien? No. Ni a mí misma. Yo estoy aprendiendo a vivir, como todo el mundo. Cada cuál a su ritmo y en su camino. Los caminos se cruzan y van paralelos o no. Todo aquello que estemos dispuestos a dar tendrá reciprocidad o no. No es mi responsabilidad lo que la otra persona decida. Mi actitud:  Esa sí es cuestión mía.
Visto así, perdonarme a mí misma por no saber todo esto de antemano es ser benevolente conmigo misma. No poner mis expectativas en los demás, es ser benevolente con ellos también.




jueves, 20 de abril de 2017

Reconciliación

Paloma Wool

Hace casi un año retomé una vieja amistad. Llevaba mucho tiempo molesta con su costumbre de quejarse, su aspecto no me gustaba y la mayor parte del tiempo desoía sus llamadas.
En realidad era una relación de amor-odio. Recordaba los buenos momentos pasados y me daba pena la distancia que había ahora entre las dos. También temía que se alejase para siempre y que llegase un momento en que desapareciese. No podía ser. Tenía que intentar una vez más romper las barreras, intentar dialogar, llegar a comprenderla y lograr abrazarla sin reparo.

Esa persona era yo misma. Siempre entre el pasado que lastra y el futuro que asusta, estaba en un sinvivir. Mi cuerpo se quejaba porque no lo escuchaba, no  lo veía y no lo reconocía como mío después de varias operaciones y alguna secuela. En realidad nunca lo quise mucho, a mi cuerpo, aunque otras personas lo quisieran por mí. No me quería mucho a mí misma. Punto. Y lo que no se quiere no es tomado en consideración.
Había llegado el momento de poner remedio y para conseguirlo busqué ayuda. Necesitaba poner las cosas en perspectiva y saber por dónde ir.

La cosa es muy simple, en realidad: Centrarse en lo único que tenemos, que es el momento presente. Ser capaz de parar el pensamiento recurrente que nos lleva y nos trae y prestar plena atención al justo tiempo que dura el propio respirar, una y otra vez, reconociendo que sólo el instante presente existe. El Aquí y Ahora. Lo que pasó hace unas horas ya pasó y el porvenir ya vendrá.
En este mismo momento puedo centrarme en respirar, que es lo que me mantiene viva, y ser consciente de cada cosa que ocurre a mi alrededor sin que me afecte de más. Puedo sentir el roce de la sábana sobre mi piel, porque escribo en la cama. Puedo sentir el peso de un pie sobre el otro porque los tengo cruzados. Puedo sentir cómo viene el sueño poco a poco. Oigo la respiración de la persona a la que quiero, que duerme al lado y cómo llega a mi pensamiento el desencuentro que he tenido esta tarde con una persona. Pero eso es pasado y, sin juzgarlo, lo alejo de mí. Paro de escribir por un momento y disfruto de ese silencio interior, que me llena de sosiego. Es lo único que me pertenece, lo único que existe.

Ser consciente ayuda a ir poniendo todo en su justa medida. Cuando no estoy en ese estado de concentración el dolor, moral o físico, se magnifica y me llega a ofender. Mi ego tiende a la crítica y me siento atada por mis pasiones. Ganan ellas y me hacen sentir como un barco a merced de las olas.

Esto que cuento no es algo nuevo. La meditación zen y la Vipassana llevan muchos siglos practicándose y aquí, en Occidente, despojado del ropaje filosófico oriental, se conoce como Mindfulness.

No me resulta fácil, estoy aprendiendo. Pero rotas algunas barreras y enfrentada a mi propio desamor, he empezado a tomar consciencia, en muchas ocasiones durante el día, de cuándo no estoy viviendo el momento presente y me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Y eso mientras simplemente camino por la calle o cuando me duele el cuerpo y no voy corriendo a acallarlo con un analgésico sino que aprendo a que no me domine; mientras medito formalmente, sentada en silencio y también durante la comida, saboreando cada bocado conscientemente y siendo agradecida por ello.
Mucho más difícil me resulta en un momento de conflicto con otras personas, porque, introvertida como soy, me afectan mucho los momentos de tensión. Pero aprendo.

Quien me está ayudando en este camino es el Dr. José Antonio Giménez Mas, médico patólogo que fue durante años Jefe de Servicio de Anatomía Patológica de un gran hospital y que practica la medicina integrativa. A él le doy las gracias por su generosidad y paciencia al transmitirme algo de todo lo que sabe.





martes, 18 de abril de 2017

Ruido

              Foto: Masao Yamamoto


El televisor encendido a cualquier hora. La música de fondo que ni me gusta. La profusión obscena de noticias. Las amistades sólo sustentadas por memes.  Las relaciones forzadas. La gente que critica a otra gente. Las críticas que yo hago de otra gente. Las críticas que yo me hago a mí misma. Las quejas continuadas. Los recuerdos guardados en el fondo del cajón, que ya no mueven nada. El desorden. El horror vacui. La cultureta. Los libros que nunca se abren. Las fotos de alguien que ni recuerdo. Los pensamientos rumiantes. El dolor inútil.

Ruidos reales y metafóricos que me aturden, me embotan, me llevan y me traen, que sustentan mi ego y, paradójicamente, me alejan de mí.

Es tiempo de callar y acallar, hacer limpieza y estar quieta. Todo a la misma vez.





domingo, 16 de abril de 2017

Quiero la paz en el mundo, como las misses



                             Sin título:  Erika Kuhn


¿De qué me servirá ganar el mundo si con ello pierdo mi alma?

Anhelo estar en paz. Quiero la paz en el mundo, como las misses. 
En mi cultura, la occidental, para tener hay que conseguir, obtener, adquirir.  Siempre pensé que el conocimiento era la mayor riqueza y que "quien tiene la información tiene el poder".  También crecí pensando que "el dinero no da la felicidad pero ayuda" y que "con pan, las penas son menos"".
Sin embargo he conocido a muchas personas cultas que no saben vivir, la información desinforma y entristece, no veo más felices a quienes más viajes se pueden permitir ni a los que tienen la casa llena de los mejores muebles y electrodomésticos. Las cosas que se compran con dinero dan un sentimiento de euforia al momento y, al poco, lo que era una maravilla pasa a teñirse del gris de lo cotidiano o peor aún:  Se convierte en un trasto. En cuanto a que las penas se pasan con pan y vino... Mi estómago, mi lengua y las cremalleras de mis pantalones lo niegan.

Deseo la paz en el mundo y sé que no soy dueña ni de un pelo de mi cabeza. Así que, en un acto de humildad, decido que voy a empezar por no pedir tanto. Quiero estar en paz yo conmigo misma. No es fácil. No lo conseguiré con ninguna adquisición más. Paradójicamente, este logro viene al desaprender, al vaciar, al silenciar, al renunciar.
Si yo cambio cambia mi pequeño mundo. Si yo cambio tengo la perspectiva necesaria para no morir de pena e impotencia ante las noticias. Así puedo plantearme qué puedo hacer yo. Y qué puedo dejar de hacer.